El Bocha Melano cruzó la puerta con ese resplandor cansado de los que han atravesado más vida de la que cualquier cuerpo puede tolerar sin torcerse un poco por dentro. No venía solo: lo seguían los espíritus domésticos de su oficio, el olor a madera cansada y esos versos que ya no le pertenecían, porque habían aprendido a caminar por su cuenta y avanzaban delante de él como criaturas antiguas que lo anunciaban sin decir palabra.
Se sentó frente al micrófono con la serenidad de quien regresa a un lugar en el que estuvo incluso antes de nacer. Y cuando habló, no relató una vida: “la invocó”. Cada frase era un umbral, y detrás de ese umbral otro, y luego otro más, como si tanteara un cordón secreto tendido desde un tiempo que no figura en ninguna memoria conocida.
A medida que hilaba su historia, el estudio comenzó a plegarse sobre sí, no de un modo visible, sino en esa forma en que un espacio se acomoda para permitir la entrada de algo que lo excede. Porque el Bocha no era solamente recitador, artesano o carpintero: era un modelador de la materia y del aire. Sabía tallar madera, sí, pero también sabía trabajar el silencio, moldear la respiración suspendida de los oyentes, dejándonos inmóviles, atentos, como si el pueblo hubiese hecho una pausa para escucharlo.


Hoy, que desde 2017 el Bocha camina otros territorios —no sabemos si más luminosos o más hondos, apenas distintos—, aquella entrevista vuelve con una intensidad que desarma. No regresa como un archivo: regresa como una entidad. Transcribirla es arrimarse demasiado a un fuego que no tendría por qué seguir vivo, pero que insiste en hacerlo, encendido entre brasas que se niegan a apagarse.
Esta es su historia, sí. Pero también es otra cosa: el modo en que su voz eligió seguir respirando entre nosotros, como si todavía buscara un sitio donde quedarse, o como si se hubiese negado —con la obstinación de quienes conocen su oficio hasta el hueso— a abandonar del todo este mundo.
—Me gustaría arrancar por el principio, Bocha.
—Nací un miércoles 13. Casualmente mañana es 13. Nací un día de junio, según mi vieja, del año 1945. No hace falta sacar muchas cuentas: tengo 61 años. Vivo la vida medianamente bien… vivo la vida medianamente bien, contento por estar con vida.
—¿Dónde naciste, Bocha?
—Acá, en Castex, en Eduardo Castex. En la misma casa donde estoy. Mi madre aún vive, gracias a Dios. Pobre vieja… que me va a retar porque no la fui a visitar; me hago un poco el remolón. Mi padre murió en el año 93. Y ahí vivo, con la suerte de tener a Mauro otra vez en el pueblo y a mi hija también, bastante cerca, en la zona rural de Winifreda. Tengo dos hermosos nietos: una nieta y un nietito, mi nieto hijo de María José. Él tiene dos años y medio, y mi nieta, que tiene nueve años, vive en la ciudad de Córdoba. Una hermosa cordobesita. Eso me hace muy feliz. Después tengo los problemas que todos tenemos en lo cotidiano… pero feliz, muy contento con la vida.
—Bocha, me intriga tu nombre. Todos te conocen como “el Bocha Melano”. ¿El Bocha Melano cómo se llama?
—El Bocha Melano se llama Miguel Ángel. Un nombre común y muy lindo. Hablando de esto te voy a comentar: cuando nací —no sé si no pesaba más que ahora—, pesé cinco kilos y compañía, y tenía la cabeza pelada, totalmente pelada. Entonces, mi abuelo paterno, mi abuelo Melano, dijo: “Parece una bocha”. Y ahí quedó. Pero mi nombre es Miguel Ángel, y para mí es muy lindo mi nombre. Y bueno… acá sigo, con mi nombre y con mi apodo.
—Contame un poco de tu infancia. ¿Cómo nace esto de la música, del recitado?
—Bueno, mirá… yo lo defino en pocas palabras: una niñez normal, como todos. Soy de familia humilde, siempre lo fui y lo soy. Mi padre fue un gran luchador; mi madre también. Nunca nos faltó nada. Tengo afinidad con mi hermana y mi hermano. Es decir… habré sido medio vagoneta, como cualquiera, ¿no? Pero no puedo hablar de una mala niñez. Hermosos recuerdos.
Y te cuento esto ahora porque, si no, por ahí me lo olvido: cuando tenía 11 años, un amigo —que nunca volví a ver— iba al colegio conmigo. De apellido Cañete, eso sí me acuerdo. Él me pasó la letra de un poema cómico; algo que hoy no hago porque me inclino por otras cosas, que ya vamos a escuchar. Aprendí el poema, y una maestra que no vi nunca más —si vive, no sé; imaginate que tengo 61 años, ojalá que viva—… recuerdo su apellido: Salvadori. Un día me llama y me dice: “Así que vos sabés recitar”.
“No”, le dije, “yo no sé recitar”. Pero alguien le había dicho que yo sabía una poesía. Y bueno… a pesar de ser un niño, lo recité en un acto de fin de año. Con un poco de vergüenza, imaginate: era un chico. Pero la cosa salió bien.

Era un tema cómico que todavía recuerdo. Decía algo de un “petiso gateao”, y más o menos era así:
Tengo un petiso gateao, flaco, peludo y mañero,
que tiene todito el cuero por cicatrices marcao.
En la cola le ha quedao el rabo que revolea,
y cuando librarse desea de una mosca que lo pica,
algún chirlo le aplica, como potro que bayaquea…
Bueno… y sigue. Eso es lo que hice. Era un niño.
Mucho tiempo después subí a un escenario en la peña “El Yesquero”, que se hacía en el club Estudiantil. Empezó en el sótano y después la hicieron arriba. Y, al poco tiempo, se hizo “Estrella del Alba”, en Racing. Los dos traían espectáculos muy buenos.
El pedido espontáneo de Juan para que El Bocha recite un poema no es un simple cambio en la charla: es un golpe suave, casi imperceptible, que quiebra el aire y abre un umbral nuevo dentro de la entrevista. Hasta ese instante, la conversación navegaba como un río manso entre los recuerdos: la infancia humilde, la maestra Salvadori, el primer acto escolar, las peñas donde la voz empezó a buscar su forma. Todo venía con la luz del pasado acomodándose detrás de él, como un mapa hecho a mano, sincero y sin adornos.
Pero cuando Juan le pide un poema, algo se corre. No cambia el tema: cambia el nivel de profundidad. Se abre un terreno donde la memoria deja de ser relato y empieza a ser invocación. El Bocha elige “Un par de botas”, que no es un poema más: es un artefacto de la tradición, una pieza donde el cuero, la tierra y el cuerpo hablan con la misma voz. Un poema que pide respeto porque viene cargado de símbolos: lucha, identidad, pertenencia, esa mezcla de conciencia y tierra que a veces se hereda sin preguntar.
Y entonces ocurre el desdoblamiento: El Bocha deja de ser el entrevistado que charla y vuelve a ser el recitador que lo habita desde los once años, ese niño que temblaba en un acto escolar y que, sin saberlo, estaba trazando su destino. Cambia el ritmo. Cambia la respiración. Cambia la atmósfera misma: la entrevista se endereza como un escenario que se activa solo, empujado por una fuerza antigua.
El recitado funciona como confirmación de lo dicho unos minutos antes: que su vínculo con la palabra no nació como adorno ni como oficio tardío, sino como un accidente que se volvió destino. Un destino simple, sí, pero firme, como esas cosas que se aprenden mirando mucho y escuchando todavía más.
Y el poema opera también como puente. El Bocha lo trae desde un pozo profundo de su memoria, Juan lo recibe como quien recibe un objeto que no debería tocarse sin cuidado, y los oyentes lo escuchan como si la voz revelara algo más que un recuerdo: una clave, una forma de entenderlo más allá de fechas y anécdotas.
En este tramo, la entrevista deja de ser diálogo y se convierte en escena. Hay un hombre que, sin darse cuenta, está contando su origen; otro que le pide que regrese a él con su propia voz; y un poema que se levanta como prueba, como declaración y como legado. Un instante en el que la palabra deja de ser palabra y se vuelve presencia, de esas que no desaparecen, aunque pasen diecinueve años.
—Uy… ¿cómo hacemos para seguir después de esto? “Un par de botas” ¿hace mucho que lo recitás?
—Y sí, es bastante vieja. No sé cuántos años hace, pero es un recitado conocido. Hoy no hay tantos “decidores”; somos pocos, poquitísimos… los que recordamos a estos grandes poetas. Es de Julio Gutiérrez Martín, fallecido. Nació en Teodolina, provincia de Santa Fe, al límite con Buenos Aires. Son poemas que me llegan mucho y no puedo dejarlos de lado. Me puedo olvidar de cualquier cosa, pero de esto no.
—¿Las tenés escritas en alguna carpeta?
—Quizá sí… pero en la memoria seguro. Yo no puedo leer una poesía, porque uso las manos: los gestos son parte del decir. Son obras con mucho contenido.
A esa altura del programa —veintiséis minutos exactos, aunque parecían menos— decidimos abrir los teléfonos. Y fue como aflojarle la compuerta a una represa: los llamados empezaron a irrumpir sin pudor, uno tras otro, como si todos hubieran estado esperando ese momento desde mucho antes de que empezara el programa. Algunos entraban con carcajadas, otros con saludos interminables, otros apenas querían escuchar su voz para creer que era cierto. Y el Bocha, sin reclamar ni un segundo de aire, se tomó el tiempo para cada uno. No había prisa ahí: solo esa alegría serena de quien reconoce a los suyos por el sonido, como si cada voz viniera marcada con un sello familiar.
Entre historia e historia, el Bocha se desplegaba. Tiraba anécdotas de peñas surgidas de golpe, de noches que ya no vuelven, de gente que se fue quedando en el camino como esas luces del pueblo que se apagan de a una. Era como si cada oyente tocara un recuerdo dormido, y él lo sacara a la luz con la delicadeza con que se desdobla una foto vieja que amenaza con romperse. El clima se volvió tibio, casi de casa abierta. El Bocha ya no estaba siendo entrevistado: estaba conversando con un pueblo entero que lo reconocía a distancia, que lo abrazaba con simples llamados, como si cada ring fuese una mano en el hombro.
¿Quiénes te acompañaban en la guitarra?
En mi primer trabajo, en la grabación estaba el Pitota Montero, que hace mucho que no lo veo. De los que están aquí presentes, dos grandes cantores: el Pipo Gomez y el Tordillo Homman. También me acompañaron Carlos Arguello, Carlitos Perez, los Hermanos Cantero; el que estaba cerca me acompañaba. Diez puntos todos.
¿Tocás algún instrumento, Bocha?
Mirá, me interesó la guitarra, pero yo soy zurdo. Y, viste, tenía que cambiarles las cuerdas, invertirlas. Soy como Yupanqui: la mayoría son derechos.
¿Querés recitar algo?
Dale, “Entre Hombres”. Un tema muy lindo. Bueno, para mí son todos lindos.
El Bocha eligió “Entre Hombres”. No hizo falta que nadie insistiera demasiado: apenas los oyentes empezaron a pedirlo, él ya estaba acomodando el cuerpo, como si alguna fuerza antigua —una que conoce el camino de memoria— le tocara el hombro y le dijera: “es ahora”. La guitarra volvió a sonar —primero tímida, como si tanteara el aire, después firme— y el estudio tomó otro espesor, más denso, más quieto, como si el tiempo hubiese decidido ponerse a escuchar también.
Cuando el Bocha recitaba ese poema: lo habitaba desde un lugar que no siempre se ve, pero que se siente. Cada pausa parecía sostener una luz mínima, y cada palabra arrastraba una sombra que no era suya, una sombra que venía de lejos, cargada de polvo, de caminos, de voces viejas que nunca terminan de callarse del todo. “Entre Hombres” no era un texto más; era un pequeño rito que él encendía para los otros, un gesto repetido, pero jamás idéntico, porque cada vez se llenaba de otra emoción, de otro cansancio, de otra edad que pasaba por su voz como un viento que sabe lo que hace.
Los oyentes lo pedían porque intuían que ahí, en ese recitado, el Bocha se mostraba entero, sin máscara ni acomodo posible. Y él lo entregaba sin guardar nada, como si el estudio fuera un viejo patio de tierra, y la noche —esa misma noche que persigue a los hombres desde siempre— cayera otra vez sobre todos, invitándonos a quedarnos un rato más, en silencio, escuchando cómo la voz de un solo hombre puede volver habitables tantas cosas.

—Bocha, ¿hablamos del artesano? ¿Cómo nace El Bocha artesano?
—Esta historia es demasiado larga, pero la voy a hacer cortita. Yo tengo pasión por la madera. En realidad, vamos a hablar poco de eso, porque voy a venir otro día a hablar de artesanías. Ahora me tomé un descanso, y tengo la suerte de que a este bendito pueblo volvió mi hijo Mauro, un excelente artesano. Me gustaría seguir con esta tradición de los Melano, como lo fue mi abuelo, mi padre, yo… y ahora mi hijo también.
—¿Tu padre fue músico, Bocha?
—Sí. Mi padre llegó de Italia en el barco *Dante Alighieri*, en 1923, y le costó mucho, por supuesto, aprender el idioma. Pero de muy jovencito aprendió música con Pianzzarelli. Mi viejo integró el primer grupo de cuerdas de La Pampa: él tocaba el violín, y en la banda tocaba el clarinete y el requinto. Por herencia, el clarinete me tocó a mí; ahora lo tiene Mauro. Los violines los tienen mis hermanos. Y el requinto… mi viejo había dicho que era para el nieto mayor, así que lo tiene Fabián, en Santa Rosa.
—Además de las peñas que mencionaste al principio, ¿dónde más estuviste?
—En muchísimos lugares: a veces bien, otras no tanto. A mí me gustaría que se hicieran peñas como entonces. Ahí nos juntábamos y era todo lindo. Hoy, qué sé yo… cambiaron mucho las cosas. La Fiesta del Trigo, por ejemplo: antes la fiesta duraba tres días; los viernes era todo folclore, traían grupos de renombre, y también estaba la gente de acá o de la zona, que hacía las cosas muy bien.
La entrevista, a esa altura, ya era una criatura ingobernable. Cada pregunta apenas llegaba a asomar la cabeza cuando el teléfono volvía a sonar, como si los oyentes hubieran encontrado una hendija en el tiempo y se colaran por ahí, directo al estudio, sin pedir permiso ni dar explicaciones. Sonaba un timbre, después otro, después otro más, y entre todos iban interrumpiendo —o más bien completando— aquello que el Bocha intentaba contar con la calma de un hombre que sabe que no hay apuro para lo importante.
Mantener un ritmo era imposible. Pero había belleza en ese descontrol. Porque cada llamada traía una voz distinta, un temblor distinto, un recuerdo que se le pegaba al Bocha como si fueran objetos que él mismo había tallado y guardado en algún cajón secreto de su memoria. Gente riéndose, gente saludando, gente que no llamaba a una radio desde hacía décadas y que, sin embargo, encontró en ese martes caluroso el hueco justo para volver a hablar. Y no con nosotros: con él.
En el estudio ocurrió esa rareza que solo provocan los personajes verdaderos: el programa dejó de pertenecernos. Pasó a ser de la gente, como si ellos lo hubieran estado esperando desde antes de saberlo. El Bocha no respondía preguntas; respondía afectos. Cada timbre confirmaba que su historia no era una sola, sino un enjambre, una constelación dispersa en la memoria de medio Castex.
Era caótico, sí. Pero un caos tibio, casi hogareño, que hacía vibrar el aire con una electricidad amable. Uno tenía la sensación —extraña, pero perfectamente real— de que, si desconectábamos la línea telefónica, el pueblo entero igual hubiese aparecido en la puerta del estudio, decidido a no perderse la oportunidad de decirle: “Hola Bocha, ¿cómo andás?”.
Ese tramo del programa no fue periodístico: fue una romería. Un pequeño desborde del pueblo hacia su propio hombre querido.
—¡La pucha que te quiere la gente, Bochita!
—Sí… agradezco, y mi reconocimiento a toda la gente que ha llamado. ¿Viste que me llamó Dorita? Ella fue la maestra jardinera de mi hijo Mauro. Una mujer hermosa. Y le quiero dedicar este poema: “El Perdón”. Para vos, Dorita.
En el estudio, cuando el Bocha anunció “El Perdón”, algo se reacomodó en el aire. No fue un silencio común: fue ese silencio raro que hace la radio cuando la gente deja de moverse, cuando el que está escuchando en su casa baja el volumen de la pava sin saber por qué, cuando los técnicos suspenden hasta el parpadeo. Ese tipo de quietud que no se fabrica: sucede.
El Bocha se acomodó apenas, como si buscara un lugar invisible donde apoyar el alma antes de largarse. Y entonces empezó el poema. Y el estudio, de golpe, fue otro lugar. Ya no era Radio Libertad: era un rancho de palo a pique, un patio con brasero de malvones, una madre blanca de guerra y harina amasando la vida con diez dedos que parecían rezar incluso cuando trabajaban.
La voz del Bocha no recitaba: “hería”. Cada verso era un tajo lleno de ternura y de culpa. Porque “El Perdón” no habla solo de una madre y un hijo: habla de ese nudo que uno carga adentro, de lo que vuelve aunque lo entierren, de la mano que insiste en salir de la tierra porque hay una disculpa que todavía no se dijo.
Y cuando llegó ese punto —ese punto exacto en el que el hijo golpea a la madre— algo tensó la sala. Juan lo miró sin moverse, los que estábamos ahí contuvimos el aire, y hubo un segundo en que pareció que el propio estudio se encogía, como si quisiera protegerse del golpe que ya estaba escrito desde hace décadas en un poema ajeno, pero que el Bocha hacía presente con una simple inflexión de voz.
Al llegar al final, cuando el muchacho cae de rodillas en el corralito de piedra y dice “perdóname, vieja”, la voz del Bocha bajó apenas un tono, pero en esa mínima bajada —tan suya, tan precisa— entró una especie de temblor humano que no es actuación ni habilidad: es dar
Ahí estaba la magia del Bocha: recitaba como quien abre una grieta en lo real.
En ese estudio lleno de calor, cables y teléfonos que no paraban de sonar hacía unos minutos, el poema cayó como una campana. Dejó a todos quietos. Dorita —a quien él se lo dedicó— seguramente lo escuchó con esa mezcla de orgullo y dolor que solo dejan los textos que traen memoria.
Y lo extraño es que, cuando terminó, nadie habló enseguida. Fue un instante mínimo, pero existió: un segundo en que “nadie” quiso romper el peso del poema.
Algo de eso, de esa pausa viva, fue el verdadero homenaje.
—¡Sensacional! ¡Espectacular! Sin palabras… qué increíble, Bochita. Te pregunto: ¿se te acercó algún chico, alguien, a consultarte sobre estos poemas, sobre el recitado?
—Mirá, te tiene que gustar mucho. Eso me sucedió a mí. Muchos lo relacionan con lo tradicional, pero vos sabés que yo nunca usé bombachas de gaucho ni botas. Pero si me estás preguntando por algún discípulo o algo así… no, no tengo.
—¿Y eso por qué crees que sucede?
—Vos sabés que, hablando de gauchos… viste que ahora el gaucho se viste con sus bombachas pinzadas, sus botas corraleras, qué sé yo, su facón. Pero el gaucho de antes era más huraño, más bravo que ahora. Tal vez cabalgaban leguas y leguas y no se cruzaban ni una palabra. El gaucho no era tan social; era más bien agresivo. No es como el gaucho de ahora, pacífico, de buenos modales. Si leés el “Martín Fierro” lo vas a notar. Podés rescatar muchas cosas de esa obra. Una de esas es esto que yo hago: recitar, “decir”, ¿viste?
—Ajá…
—Mirá: mi vieja siempre decía “al que madruga, Dios lo ayuda”. Pero yo me quedo con la de Martín Fierro, esa que dice: “No por mucho madrugar se amanece más temprano.” Qué sé yo… ¿viste? El “Martín Fierro “es genial.
—¿Tenés el hábito de leer, Bocha?
—Mirá, voy a ser sincero: hace años que estoy leyendo bastante poco. Pero leí mucho… toda mi juventud y bastante grande también. Leía de lunes a lunes. Me gusta mucho leer y sacar mis reflexiones.
—Bocha, ¿qué música escuchás?
—Me gusta mucho la música. Escucho de todo, hasta lo que no es de mi generación. Mi cantante favorito es Julio Sosa. Pero después de la medianoche me gusta escuchar música instrumental, esa que te hace reflexionar, pensar, que te lleva a otro lugar. A mí me da más libertad.
—¿Vas a recitar?
—Dale. “Una carta al año”, ¿te parece bien?
Una carta al año es de esos poemas que abren una grieta entre lo que uno es y lo que preferiría no recordar. La voz del Bocha —grave, usada, pero con ese filo emocional que solo tienen los que vivieron mucho— empezó a avanzar despacio, como quien entra a un rancho ajeno en plena siesta.
Con este recitado uno siente que el poema no es solo una historia rural: es un espejo emocional. Ahí está el hijo que se va, los padres que esperan, las heridas del silencio y ese orgullo duro que tapa la ternura hasta que un nieto lo derrite todo. Es un relato que golpea porque muestra lo que muchas familias no se animan a decir: que a veces el amor llega tarde, pero cuando llega, desarma.
El poema enseña que la distancia no rompe los vínculos, los adormece, y que a veces basta una verdad desnuda —un hijo, un gesto, un pedido sincero— para que el corazón vuelva a abrirse. Habla de la dignidad, del sacrificio, del error y del perdón que nos salva cuando ya parecía que no quedaba nada.
Bocha, quiero agradecerte por venir y hacernos pasar este lindo momento.
—El agradecido soy yo… de verdad. Gracias por darme un espacio en esta hermosa radio, rodeado de amigos. Ojalá no sea la última vez; ya sé que cuando tenga ganas de pegar unos gritos, acá voy a estar otra vez.
—Bocha, antes de irnos… ¿cómo sigue esto? ¿La carpintería, las artesanías… qué tenés pensado hacer?
—Mirá… es un poco difícil de explicar. Yo tengo la suerte de que mi hijo volvió después de andar caminos, viste… y él ahora tiene sus expectativas, su futuro, sus ganas. Y bueno… yo tengo ganas de acompañar. Creo que a esta altura uno encuentra alegría en eso: en caminar al lado, no adelante.
—Muchas gracias, Bocha. Te deseo felices fiestas.
—Igualmente para todos. Y ojalá nos encontremos antes. Gracias a todos… me despido con Faustino el hachero.

La entrevista del martes 12 de diciembre tuvo algo que no se fabrica: calor humano. Desde el primer minuto quedó claro que no era un encuentro prolijo ni ordenado, sino un territorio vivo donde el Bocha avanzaba por memoria, por intuición, por latido. Cada pregunta abría una puerta y, antes de cruzarla, sonaba el teléfono, entraba un saludo, una voz amiga, un recuerdo que se imponía sobre el orden del programa. Y lejos de entorpecer, eso fue lo que dio “verdad” al momento: la comunidad respirando alrededor del invitado.
El Bocha habló como quien vuelve a su propio rancho interior: sin apuro, sin maquillaje, hilando historias familiares, viejos escenarios de peñas, anécdotas del oficio, nostalgias que todavía chispean. Y cuando recitó —primero, casi como un deber afectivo; después, como un impulso inevitable— la atmósfera cambió de densidad. No era un recitado, era una vida entera acomodándose en la garganta.
La charla cerró con una sinceridad despojada: el artesano que ya no corre detrás del tiempo, sino detrás del paso de su hijo; el poeta que sabe que siempre podrá volver a “pegar unos gritos”; el hombre que agradece sin estridencias, como si agradecer fuera también una forma de respirar.
Fue la clase de entrevista donde la radio se vuelve más que sonido: se vuelve pago, memoria, afecto y presencia. Y donde el Bocha, sin proponérselo, dejó la sensación de que esas horas compartidas no fueron un programa: fueron una visita a su mundo.
Unos años después, el Bocha se fue. No dejó instrucciones, no avisó. Se fue como viven algunos hombres: de costado, sin molestar, como si pidiera disculpas por ocupar espacio. Quedó su voz flotando en los rincones de la radio, en ese martes de diciembre que ahora parece más lejano que todos los calendarios juntos.
Los que lo conocieron dicen que no se fue del todo. Que todavía aparece, a su manera, en un refrán que queda boyando, en un gesto, en el modo de acomodar la palabra antes de decirla. Porque el Bocha hablaba como quien enciende un fogón: con paciencia, con respeto, con un calor que no buscaba público, pero que igual juntaba gente.
Los poemas que recitó —con esa respiración suya que hacía más silencio que sonido— quedaron dando vueltas. Cada tanto vuelven, como vuelven las brasas cuando uno cree que ya está todo apagado. Su manera de decir marcó a más de uno, sin discípulos proclamados, sin escuela, sin pretensiones: apenas un hombre que sabía que la emoción es un oficio secreto.
Y así, cuando se fue, dejó algo extraño: una presencia vacía. Ese tipo de ausencia que no pesa por lo que falta, sino por lo que dejó acomodado antes de irse.
Pero si uno escucha bien —bien en serio, como él pedía— todavía pueden oírse sus “gritos” prometidos, flotando entre estaciones, entre mates, vinos, entre las historias que siguen contándose, porque alguien alguna vez las dijo con verdad.
Fuente: Entrevista realizada por Juan Gómez a: Miguel Ángel Melano en el programa “Brillantes sobre el Mic”, emitido el 12 de diciembre de 2006 por Radio Libertad, Eduardo Castex, La Pampa.
Agradecimiento a: Alejandro García Peirone (El Peter)
(*) Por Pablo Bono para CastexOnline


















