Entre ellos se encuentra el castense Javier Galbiati, quien compartió su estremecedor relato sobre lo vivido aquel domingo 2 de mayo, cuando el crucero fue atacado por el submarino británico HMS Conqueror.
El contexto no podía ser más adverso: “El clima es otro calvario”, recuerda, con nubarrones que cubrían el cielo y vientos intensos que convertían el mar en un escenario hostil. En ese marco, el Belgrano comenzaba a hundirse sin remedio y las balsas salvavidas se transformaban en la única esperanza.
“Ya teníamos las instrucciones de cómo debíamos saltar al bote salvavidas. Teníamos que caer descalzos, porque con el taco del zapato lo podíamos romper. Así que con los zapatos en la mano y en remera manga corta me tiré al bote”, relató. La urgencia no dio tiempo a nada más: “Quisimos agarrar unas frazadas, pero no pudimos. Pasamos por la panadería y tomamos una bolsa de pan que después tuvimos que tirar porque se mojó”.

Galbiati recordó que en su balsa eran 20 tripulantes. “No nos podíamos separar del barco porque el viento nos empujaba hacia él. Cada balsa tenía un encargado, que nos ordenó cerrarla completamente. Después nos dijo: ‘Ahora que sea lo que Dios quiera’”.

El paso de los minutos se transformó en una eternidad. “Se me cruzaron muchas cosas por la cabeza: mi familia, si sabían algo, qué estarían pensando”, expresó. “Cerraba los ojos y cuando los abría solo veía una mancha negra, esperando el desenlace final”.
Cuando decidieron abrir la balsa para observar el entorno, el crucero ya estaba prácticamente hundido. “Tardó unos 50 minutos en desaparecer”, recordó.
El castense permaneció 32 horas a la deriva en el mar. Durante ese tiempo, las condiciones empeoraron. “En un momento la balsa se pinchó y tuvimos que abandonarla. Quedé colgado al intentar subir a otra. En esa había 29 personas y tuvimos que reorganizarnos”, contó.
El frío, el cansancio y la desesperación fueron constantes. “Muchos se descomponían, pero en esa situación nada importaba. Al principio orinábamos en bolsitas y después usábamos ese calor para frotarnos el cuerpo”.
Las olas, de hasta 8 o 9 metros, hacían casi imposible resistir. “Sabíamos que no nos podíamos dormir, porque no nos íbamos a despertar más”, dijo. La noche fue interminable.

Con la llegada del día, la esperanza volvió momentáneamente. “Buscábamos pájaros en el cielo, que indicaran cercanía al continente, pero no había nada”. Hasta que cerca de las 13:15 escucharon un motor. “Pensamos que era un avión inglés, pero cuando se inclinó vimos la bandera argentina”.
Ese avistamiento fue clave, aunque el rescate tardó en concretarse. “Tomamos un litro de agua entre 20 tripulantes”, recordó, dimensionando la escasez.
Ya de noche, los reflectores de los barcos comenzaron a barrer el mar, aunque en un momento todo volvió a oscurecerse. “Usábamos bengalas para marcar nuestra posición. Pero cuando nos dijeron que quizás no nos buscaban más, pensé que no iba a poder resistir otra noche”.
Finalmente, cerca de las 23 horas, llegó el rescate. “De golpe vimos una luz muy fuerte, como si fuera de día. Escuchamos si había sobrevivientes”. Galbiati fue uno de los últimos en ser rescatados.
“Cuando subí no podía caminar. No sentía las piernas. Después me di cuenta de que a todos les pasaba lo mismo”, recordó.

A más de cuatro décadas, el testimonio de Javier Galbiati sigue siendo un documento vivo de lo ocurrido, un relato que refleja el horror de la guerra, pero también la resistencia y la humanidad en las condiciones más extremas.
Cada 2 de mayo, Argentina no solo recuerda una tragedia, sino que reafirma el compromiso de mantener viva la memoria de quienes combatieron en Malvinas. El desafío es transmitir ese legado a las nuevas generaciones y sostener, por vías pacíficas, el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.



















