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Políticas Públicas y Políticas Neoliberales en los últimos años en Argentina – Por Marina Baigorria Socióloga

En esta breve argumentación sociológica y política está escrito a principios de este año. Argentina anteriormente y durante al 2003, acaecía gente trabajadora que siempre había vivido en condiciones de profunda pobreza. Y también gente de clase media que había sufrido una caída económica, social y psicológica terrible. La resiliencia, la creatividad y la solidaridad con la que los argentinos respondieron a la crisis -2001- para salir del infierno, sea a través de los movimientos populares como las asambleas barriales, clubes de trueque o empresas recuperadas por sus trabajadores.

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El punto de partida de este contexto es la Plaza de Mayo, los espacios públicos y las calles donde surgió el grito de “Que se vayan todos”. De ahí rastreamos el legado de todo eso y las respuestas a la crisis social en los ámbitos políticos, económicos, culturales, de la ciudadanía y de los movimientos sociales. En gran medida, el proyecto kirchnerista fue darles voz a los que la estaban reclamando en las calles durante aquellos tiempos extraordinarios. Y lo lograron con bastante éxito porque después de doce años con el Plan Jefes y Jefas del Hogar, el Plan Manos a la Obra para microemprendimientos, el Trabajar para cooperativas, el Conectar Igualdad para que los niños, adolescentes y docentes tengan acceso a internet y a la información, la Asignación Universal por Hijo, ProCrear, Qunitas, Progresar, impulsaron políticas de inclusión social que llegaron a 8 millones de personas. Si bien ahora estas políticas quedaron como naturalizadas, la realidad es que desde la época del primer peronismo no se había conseguido algo igual. La gran diferencia ahora es que estos planes se dan en un contexto de ajuste, austeridad y agudos recortes al gasto público. Por eso en realidad no se diferencian de las políticas neoliberales tradicionales que siempre focalizan las transferencias a los sectores con menos ingresos como método eficaz de contención social, mientras, al mismo tiempo, aplastan a esos mismos sectores con el achicamiento del Estado. En este sentido estamos viendo una vuelta a los años 90 (gobierno menemista).

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Posterior de la crisis del 2001 se observa que la trayectoria laboral y económica de la población fue una transformación muy profunda. Presento cuatro apreciaciones:

1- Una gran democratización en varios ámbitos, desde la expansión de canales de participación política ciudadana en las municipalidades, a la democratización económica a través del uso del presupuesto participativo y el movimiento de empresas recuperadas por sus trabajadores.

2- Un gran cambio en la generación de jóvenes que vivía el 2001. Si bien hoy en día miran la “política” de los cargos públicos con cierto cinismo, tienen muchísima

confianza en su capacidad de autogestión, de organizarse para unirse para hacer los cambios sociales que buscan.

3- La huella que la rebelión de 2001 dejó es dentro de los mismos movimientos sociales, sindicales y en la sociedad civil. Tan fuertemente incrustadas fueron los nuevos valores del horizontalismo, democracia directa, organización barrial y decisión por asamblea que hoy en día es impensable ver ninguna campaña ciudadana que no se caracteriza por esos rasgos.

4- Y la huella obviamente se nota en el nivel de la “alta política”. Desde mi visión, si no fuera por la rebelión de 2001, no existirían ni el kirchnerismo, ni el macrismo. El kirchnerismo, porque Argentina no se encontraba frente una situación revolucionaria en 2001, pero a pesar de ello el peronismo se tuvo que reconstituir para salvarse como fuerza política después del menemismo y para salvar al mismo sistema de democracia representativa que se había agotado y que necesitaba una fuerza política reformista enganchada al sistema. Pero también la victoria del presidente Macri fue –de manera paradójica– producto del legado de la rebelión. Se observa que el desdén hacia la clase política nacional y la corrupción que sienten grandes sectores de la población contribuyó a que muchos vieran a Macri como “alguien con una inmensa riqueza familiar que era incorruptible” y también a “un empresario que hace política, y no un político que genera corrupción”. Hoy en día algunos o muchos lamentan su decisión de haberlo votado. Para ellos, la revelación de su rol en los Panamá Papers y el escándalo del Correo Argentino son ejemplos de que esto no era así. La historia nos mostrará si el Presidente actual paga un precio político o no.

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Las elecciones están marcadas por una inercia, con lo que es probable que veamos una pequeña consolidación de la posición de Cambiemos en el Congreso. Esto es absolutamente extraordinario dado el contexto de acontecimientos económicos y políticos de los últimos dos años. Macri ha presidido la peor recesión económica con fuertes aumentos en el desempleo, la pobreza, el costo de vida desde 2002 y el mayor endeudamiento nacional de todos los tiempos. Ha roto una gran cantidad de las promesas que hizo durante la campaña electoral en 2015 y Cambiemos está fallando en los propios términos que ellos establecieron como indicadores de éxito. Además, ha estado plagado de escándalos y corrupción. Los Panamá Papers y el escándalo de Correo Argentino son algunos de los tanto ejemplos. Y además el Gobierno se enfrenta a la condena mundial por su papel en la desaparición forzada de Santiago Maldonado y encontrado muerto, tanto en los medios de comunicación internacionales como en las protestas en todo el mundo y la condena de la ONU, Amnistía Internacional y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos; el asesinato del joven indígena posterior al de Santiago Maldonado en esa misma región; y la desaparición del submarino ARA San Juan a bordo 44 tripulantes, a su búsqueda en orden internacional como la desesperada de sus familiares, aun sin respuesta.

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Y, sin embargo, una parte importante de la población seguirá votando por ellos, ya sea como el mal menor o porque siguen ciegamente a los medios de comunicación y parecen convencidos de que, paradójicamente, el mismo modelo económico de ajuste que ha fracasado tantas veces en Argentina esta vez traerá de modo milagroso la prosperidad.

Muchos de nosotros, en la ciencia política y sociológica, estamos preguntándonos que tiene que pasar para que haya un cambio electoral significativo en una sociedad altamente polarizada como la argentina. Me da miedo decirlo, pero mi propia conclusión es que sólo con una crisis de la escala del 2001 los argentinos que continúan votando por Cambiemos podrían empezar a cambiar su comportamiento electoral. Como lo manifiestan los ciudadanos “los argentinos sólo responden cuando les tocan sus propios bolsillos”. Esto solía molestarme, porque creo que algo así como la mitad de la población vota no sólo por sí mismos, sino también por lo que perciben como una sociedad más justa. Pero es curioso que haya un alto porcentaje de gente que ni siquiera vote por sí misma, sino más bien contra su propio interés. Es una situación muy preocupante.

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Observo que en las elecciones presidenciales de 2015 en la Argentina hay patrones notables, especialmente con respecto a la brecha intergeneracional entre votantes jóvenes y mayores. Los jóvenes y los menores de 40 años están más atraídos por los mensajes de esperanza e igualdad defendidos por Cristina Kirchner y los votantes más viejos se inclinan hacia Mauricio Macri. Esta diferencia es mayor ahora que en ninguna otra época y creo que también será un factor para decidir el proceso y resultados en las elecciones presidenciales en el 2019.