A mediados del siglo XX, el «peronismo de Perón» embanderado tras la búsqueda de la justicia social, representó como nunca antes al sector trabajador argentino largamente ignorado y desmoralizado, no porque otras expresiones políticas no lo hayan tenido presente en sus propuestas, sino porque ellas no tuvieron la fuerza y contundencia suficientes para luchar contra los poderes conservadores que impedían su desarrollo.
Es decir que con avances y retrocesos -sin recurrir a asesores extranjeros financiados por el pueblo-, ese peronismo fundacional tuvo una visión de la Argentina y el mundo, de sus problemas, potencialidades y desafíos. Actuó en consecuencia y supo manejar el poder, hasta volverse imprescindible en la vida política del país, reivindicado muchas veces por el voto popular y también proscripto por el autoritarismo de quienes intentaron su desaparición.
Hoy, el justicialismo del siglo XXI transita nuevos desafíos. Bajo el liderazgo indiscutible del Presidente Alberto Fernández -fortalecido tras su manejo ejemplar ante la pandemia del covid-19-, el movimiento nacional tiene la oportunidad de reinventar cualitativamente su espacio, enriqueciéndose con ese bagaje de tradiciones e innovaciones vitales para su continuidad.

Entre los vicios internos a superar, propios de las estructuras conservadoras de todo partido político, se encuentra el de la verticalidad dirigente. Si bien el justicialismo siempre generó espacios de participación para la militancia, la percepción indica que la demanda solo se activa en tiempos de campañas electorales, enfriándose el resto del calendario. Es decir que, si el puente dirigente-dirigido se habilita a conveniencia exclusiva del primero, no se podrá esperar demasiado acompañamiento, amplitud de visiones y lealtad por parte del segundo, con todo lo negativo que ello implica.
La conciencia ciudadana y cívica de hoy, no es la misma de hace setenta años atrás, por ende, su capacidad de obnubilación ante un líder carismático tampoco. El militante o simpatizante de cualquier espacio político necesita ser escuchado, considerado y valorado por sus dirigentes, no como un acto de catarsis o conveniencia ocasional, sino de genuina colaboración y retroalimentación mutua.
Otra cuestión a superar, debe ser el fanatismo excesivo y la soberbia de quienes, ratificados por el voto popular, abusan muchas veces de ese poder transitorio que les es delegado. Debemos aprender que somos dueños de una parte de la verdad, militando nuestras convicciones sin imposiciones ni faltas de respeto, buscando la persuasión antes que la violencia y la verdad sobre el engaño.
Resulta doloroso observar el enfrentamiento muchas veces violento entre militantes, por su alineamiento ante tal o cual dirigente, cuando ni entre éstos mismos lo tienen. Si la convicción es una, deben aunarse las fuerzas en torno a ese objetivo, más constructivo y edificante. La única grieta a tener presente debe ser aquella que divide a democráticos de autoritarios, solidarios de egoístas, honestos de corruptos, probos de incapaces, posicionándonos del lado correcto cuando actuamos en defensa de la cosa pública. Ya con eso haríamos una saludable diferencia, en pos del mejoramiento político y social.
Ningún partido político necesita liderazgos «venerables e incuestionables», cuasi monárquicos. Los personalismos, característicos en sistemas presidencialistas como el nuestro, dañan al país por su visión acotada y antidemocrática. Los obsecuentes acríticos y alcahuetes de ocasión, siempre a la sombra de quienes dicen defender, le han hecho un flaco favor al desempeño de infinidad de gestiones y destinos políticos personales.
Los tiempos que corren reclaman representantes empáticos y receptivos con las demandas de sus representados, seres capaces de ver la trascendencia de su función en beneficio de los otros y no de sí mismos. Está comprobado que las vanidades personales no colaboran con el servicio público, más bien lo confunden y desvían su propósito. Primero la patria…
Desde el punto de vista ideológico, el justicialismo debe sostener sus banderas identitarias, pero también acusar recibo de sus desaciertos. Perón creó una expresión política que venía a representar los intereses del sector trabajador argentino, sin conflictos de clase y al amparo de un Estado justo, libre y soberano. La dignidad que crea el trabajo en los hombres debe volver a ser prioritaria. Debe rescatarse el concepto de ayuda social como la atención urgente en situaciones urgentes, no como la continuidad paternalista de un Estado subsidiario que prolonga la situación del que sufre, sino la de aquel que lo libera con herramientas para su emancipación y dignidad personal.
«En una país dónde aún todo está por hacerse», la cultura el trabajo se construye con más trabajo. El esfuerzo personal, un proyecto de vida y la posibilidad del ascenso social son factibles cuando convergen desde la comunidad y el Estado las mismas finalidades y deseos, sin oponerse.
El justicialismo, con su tradicional capacidad transformadora en beneficio de todos, es el indicado para implementar ese nuevo «capitalismo humanizado» que se reclama en muchas partes del mundo. De su mano, es posible retomar una política pensada en el hombre y su medioambiente. Una política capaz de redistribuir ingresos y oportunidades, de impronta moderada e inteligente, evitando los extremos ideológicos que tanto han dañado a nuestro sistema democrático. La política justicialista no debe ver enemigos en el sector privado, sino socios estratégicos y vitales para el desarrollo de nuestras comunidades. Unidos todos en una sinergia inagotable de proyectos, ideas, realizaciones y desafíos, en beneficio de un colectivo social deseoso de ver concretar sus sueños y felicidad.
En un mundo injusto, donde habitamos más de seis mil millones de personas y sólo ciento cincuenta mil lo manejan, acaparando riquezas obscenas mientras otros tantos millones mueren de hambre, violencia y privaciones; la necesidad justicialista es posible solo si nos proponemos transformarlo para mejorarlo, representados y representantes por igual, dejando egos y vanidades de lado, volviendo simplemente a la esencia misma de la política: el servicio público.-
*Silvio Javier Arias
Asesor Legislativo
Prof. en Ciencia Política




















