El sol de verano invitaba a madrugar y a prepararse para el duro trabajo de cosecha.
Cuando las bolsas estaban llenas, los cosedores las cerraban usando agujas especiales, chatas y algo arqueadas, enhebradas con hilo de algodón. Empezaban por una punta, haciendo una «oreja», y terminaban en la otra punta, haciendo otra «oreja». De estos extremos se tomaban las bolsas para cargarlas sobre la espalda y colocarlas en el camión o en las estibas. Una vez cosidas, las bolsas caían al suelo, desde la parte de atrás de la trilladora. Otros peones, con un rastrín tirado por caballos, las levantaban e iban formando pilas sobre el rastrojo.

Un camión pasaba a levantar las bolsas apiladas en el campo para acarrearlas a un galpón donde las estibaban convenientemente. Allí quedarían hasta el momento de llevarlas a la estación de ferrocarril más cercana.


El acopio
Al llegar las bolsas a la estación, un recibidor y un calador controlaban la calidad de las semillas. Luego, se guardaban en los galpones del ferrocarril hasta llenarlos. Si se completaban y quedaban más bolsas para almacenar se hacían estibas trilladoras en los terrenos lindantes. A las estibas las armaban personas especializadas en ese trabajo llamadas «estibadores», quienes cargaban las bolsas al hombro.

A medida que la pila ganaba altura, subían con las bolsas por una escalera gruesa llamada «burro». La forma de la estiba se asemejaba a un galpón y era cubierta con lonas para preservarla de la humedad, hasta que llegara el turno del embarque.


















