(*) Por Ing. Agr. Cristian Funcia | CAFAGRO
En los sistemas de secano de La Pampa, pocas variables condicionan tanto el resultado productivo como la disponibilidad y distribución del agua. Esto es especialmente cierto en el centro de la provincia, donde trigo, maíz, girasol y soja conviven con sistemas ganaderos cuya importancia aumenta hacia el oeste y el sur. En ese contexto, el invierno 2026 encuentra a productores y técnicos mirando dos escalas de información al mismo tiempo: lo que ocurre hoy en los lotes y lo que comienza a mostrar el sistema climático para la primavera y el verano próximos.
La aparición y el rápido fortalecimiento de El Niño agrega una señal relevante para la planificación de la campaña. Sin embargo, interpretar esa señal exige cautela. El Niño no constituye por sí mismo un pronóstico de lluvia para Eduardo Castex ni garantiza una campaña húmeda. Es un fenómeno de escala planetaria, originado en la interacción océano-atmósfera del Pacífico ecuatorial, cuyos efectos sobre la precipitación varían según la región y la época del año. Por eso, la pregunta agronómicamente útil no es solamente si hay Niño, sino qué suele significar un evento de esas características para nuestra región y cómo se combina esa información con los pronósticos locales disponibles.


Un invierno que debe leerse desde el perfil de suelo
Durante el invierno la demanda atmosférica de agua es baja y, climáticamente, las precipitaciones representan una fracción menor del total anual de gran parte de La Pampa. Esto hace que la condición hídrica con la que cada lote transita la estación dependa en buena medida de las lluvias acumuladas previamente, del barbecho, del cultivo antecesor, de la textura del suelo y de la profundidad efectiva del perfil, entre otros factores.
Los relevamientos del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) muestran que la disponibilidad de agua en los suelos presenta diferencias dentro de la Región Pampeana. En La Pampa, esta variabilidad hace que resulte fundamental conocer la reserva de agua de cada lote, ya que puede cambiar considerablemente entre zonas y ambientes.
En trigo, esa reserva inicial y las precipitaciones de salida del invierno adquieren creciente importancia a medida que el cultivo avanza hacia encañazón y posteriormente hacia su período crítico. El agua disponible no sólo condiciona la expansión foliar y la generación de biomasa, sino también la capacidad del cultivo de sostener los componentes que finalmente determinan el rendimiento. Por lo tanto, más que hablar de un invierno “bueno” o “malo” en términos generales, resulta más preciso preguntarse con cuánta agua cuenta cada perfil y cómo evolucionará esa disponibilidad en las próximas semanas.

El pronóstico agosto-octubre cambia la señal para La Pampa
El pronóstico climático trimestral vigente del SMN para agosto-septiembre-octubre de 2026 ubica a La Pampa dentro de la categoría con mayor probabilidad de precipitaciones superiores a lo normal. Es una señal favorable respecto de la oferta de agua para la salida del invierno y el comienzo de la primavera, pero requiere una correcta interpretación.
Un pronóstico estacional es probabilístico. Que la categoría “superior a lo normal” sea la más probable no significa que lloverá por encima del promedio en cada uno de los tres meses, ni que todas las localidades recibirán la misma cantidad. Tampoco informa cómo se distribuirán los eventos dentro del trimestre. Puede alcanzarse un acumulado elevado mediante pocos eventos intensos o mediante precipitaciones frecuentes y mejor distribuidas; desde el punto de vista agronómico, ambos escenarios pueden tener consecuencias muy diferentes.
Para el trigo, el cambio hacia una mayor probabilidad de lluvias por encima de lo normal es una información relevante, particularmente por la cercanía con etapas de mayor demanda. Pero todavía deben considerarse la distribución efectiva de esas precipitaciones, el estado actual del perfil y los riesgos térmicos de cada ambiente. Un pronóstico trimestral orienta escenarios: no reemplaza el monitoreo del cultivo ni los pronósticos de corto y mediano plazo.
El Niño ya está presente: qué significa y qué no…
El Climate Prediction Center de NOAA confirmó en julio la presencia de condiciones El Niño y señaló que el evento continuaba fortaleciéndose. Su pronóstico oficial estimó una probabilidad del 97 % de persistencia hasta comienzos de 2027 y, para octubre-diciembre de 2026, asignó un 81 % de probabilidad a que alcance una intensidad muy fuerte. El International Research Institute for Climate and Society (IRI), por su parte, mostró en julio un amplio consenso de modelos en favor de la continuidad e intensificación de la fase cálida durante la segunda mitad de 2026.
El fenómeno se monitorea principalmente a partir de las anomalías de temperatura superficial del mar en el Pacífico ecuatorial y de la respuesta acoplada de la atmósfera. Esa señal puede modificar patrones de circulación y, con ello, las probabilidades de precipitación en distintas regiones del planeta. No obstante, sus impactos no son uniformes. Incluso dentro de la Argentina existen diferencias marcadas entre regiones y estaciones del año.
Por ese motivo, afirmar que “como hay Niño va a llover más en La Pampa” es una simplificación que la evidencia no sostiene en todos los períodos. Para nuestra zona existe, afortunadamente, información local que permite afinar mucho más esa interpretación.

Cincuenta años de datos en La Pampa: la estación y la intensidad importan
Un trabajo publicado en 2024 por María Laura Belmonte y Lorena Carreño, investigadoras vinculadas a INTA Anguil y la Universidad Nacional de La Pampa, analizó 50 años de registros pluviométricos -1973 a 2022- de once localidades del centro y este provincial. El estudio comparó las lluvias de primavera (septiembre-octubre-noviembre) y verano (diciembre-enero-febrero) durante eventos El Niño, separándolos según su intensidad.
Los resultados son particularmente útiles para interpretar la campaña actual. En primavera, los eventos Niño -tanto leves a moderados como intensos- no presentaron, en promedio, diferencias estadísticamente significativas de precipitación respecto de los valores históricos. Es decir, la sola presencia de El Niño no permitió asegurar una primavera más lluviosa para el área estudiada.
En verano la respuesta fue diferente. Durante eventos Niño intensos, todas las localidades analizadas acumularon más precipitación que su promedio histórico. Las anomalías positivas se ubicaron entre 20 y 66 %, con un promedio cercano al 36 %. Traducido a milímetros, los eventos intensos aportaron en promedio alrededor de 100 mm adicionales durante diciembre-enero-febrero, con diferencias entre localidades de aproximadamente 61 a 144 mm. En cambio, durante Niños leves a moderados no se encontraron diferencias significativas respecto de las lluvias históricas.
Este resultado introduce una distinción fundamental: en el centro-este pampeano no alcanza con conocer la fase del ENOS; también importan su intensidad y la estación del año. Además, las propias autoras destacan que otros forzantes de variabilidad climática pueden potenciar o debilitar la señal de El Niño. Por eso, los antecedentes históricos deben utilizarse como información probabilística para construir escenarios, no como una predicción determinística de lo que ocurrirá en 2026/27.
¿Qué puede significar este escenario para la campaña de verano?
Para maíz, girasol y soja, una eventual mejora de la oferta hídrica entre fines de primavera y verano tendría implicancias productivas importantes. Sin embargo, la señal climática no debería utilizarse de manera aislada para aumentar insumos o asumir rendimientos potenciales. La decisión debe seguir partiendo del ambiente: agua almacenada a la siembra, profundidad efectiva, capacidad de retención, cultivo antecesor, fecha de siembra y expectativa razonable de precipitaciones durante el ciclo.
En maíz, la disponibilidad de agua alrededor de floración y durante el comienzo del llenado de granos tiene un peso central en la determinación del rendimiento. La literatura para la Región Pampeana ha encontrado asociaciones entre las fases del ENOS y los rendimientos de maíz, aunque la magnitud de la respuesta varía espacialmente. En un año con mayor probabilidad de oferta hídrica, el desafío no es simplemente “subir el potencial”, sino decidir en qué ambientes existe respaldo edáfico y climático suficiente para hacerlo.
En girasol, cultivo con una reconocida capacidad de explorar el perfil y adaptarse a ambientes de mayor variabilidad hídrica, una mayor oferta de agua puede mejorar el crecimiento y sostener el rendimiento, pero no debe interpretarse como un beneficio lineal. La distribución de las lluvias, la profundidad del suelo y la presión de adversidades también pasan a ser variables relevantes. Algo similar ocurre en soja: un perfil mejor abastecido y lluvias oportunas durante los períodos reproductivos pueden reducir el riesgo de estrés, aunque la respuesta final dependerá del ambiente y del manejo.
En términos prácticos, el escenario 2026 invita a llegar a la siembra con mejor información, no necesariamente con decisiones más agresivas. Medir el agua útil del perfil, caracterizar limitantes como tosca o compactación, ajustar densidades y fertilización por ambiente, y mantener los barbechos libres de malezas son herramientas concretas para transformar una señal climática potencialmente favorable en una decisión agronómica mejor fundamentada.
La ganadería también debe mirar el escenario, con una cautela adicional
En los sistemas ganaderos y mixtos, una primavera y un verano con buena oferta de agua pueden traducirse en mayor producción de pasturas, verdeos y campo natural, además de mejores posibilidades para generar reservas forrajeras. Esto puede ser especialmente valioso luego de campañas en las que la disponibilidad de forraje estuvo condicionada por déficits hídricos.
Hacia el oeste y sudoeste de La Pampa las condiciones se vuelven progresivamente más áridas. Dado que el estudio mencionado se concentra principalmente en localidades del centro y este provincial, sus resultados deben interpretarse con cautela para otras regiones. En estas zonas, el seguimiento de las condiciones locales y de la evolución de los pronósticos adquiere aún mayor importancia para la toma de decisiones.
Del pronóstico a la decisión
La información disponible a comienzos de agosto de 2026 configura un escenario que merece atención. El Niño está establecido y se fortalece; el SMN asigna a La Pampa una mayor probabilidad de precipitaciones superiores a lo normal para agosto-septiembre-octubre; y los antecedentes de 50 años en el centro-este provincial muestran que, cuando los eventos Niño alcanzaron intensidades elevadas, el verano tendió a presentar un aporte de lluvias significativamente mayor.
Ninguna de esas señales, por separado ni en conjunto, asegura una campaña húmeda. Sí modifican las probabilidades y, por lo tanto, la forma en que conviene pensar el riesgo. La utilidad de un pronóstico climático no está en adivinar cuántos milímetros caerán sobre un lote dentro de cuatro meses, sino en permitir que las decisiones de hoy contemplen escenarios que tienen distinta probabilidad de ocurrencia.
Para trigo, la atención estará puesta en cómo se materialice la señal de lluvias durante la salida del invierno y la primavera. Para maíz, girasol y soja, será clave conocer con qué reserva de agua se llega a la siembra y seguir la evolución de un Niño que podría expresar con mayor claridad su influencia durante el verano. Y en ganadería, especialmente hacia el oeste, habrá que mantener una lectura más local y prudente de la información.
El clima no se puede manejar. Pero sí podemos manejar buena parte de las decisiones que determinan cómo responde nuestro sistema productivo frente a él.



















