«Ningún pueblo puede sobrevivir sin memoria. La historia es la memoria de los pueblos», dice Alicia mientras recorre el aula. Alicia es profesora de historia y cree conocer los hechos que marcaron precedentes en el recorrido de la humanidad, en el desarrollo de imperios y civilizaciones pero se interpela cuando uno de sus alumnos le reprocha: «La historia la escriben los asesinos», registro de aquello que ignora la historia única que elige contarse y repetirse.
No por nada se llamó «La Historia oficial», metáfora del discurso preponderante sí, de la mentira que reinó durante la década del ’70 y algunos años ’80 en la Argentina, pese al trabajo de Madres y Abuelas y la insistencia de la memoria en la lucha. Pero también, del cuento que Alicia y su pareja, Roberto (un empresario que se enriquece no casualmente durante la dictadura, interpretado por Héctor Alterio) le contaron a su hija Gabi, a quien «¿nunca le vamos a decir la verdad?», como Alicia le preguntó a su marido no en el día del cumpleaños de la niña, sino el que recuerda la fecha en que la anotaron, ese es el que celebran. Y es que Alicia descubrirá que Gabi es en realidad hija de desaparecidos.

Alicia es Norma Aleandro, actriz que en los ’80 lloraba cada vez que Luis Puenzo le alcanzaba el guion de lo que quería grabar. Actriz que se encontró con el director en bares y hasta en su casa, donde recibieron amenazas para que el proyecto no continuase adelante.


La película se completa con un elenco de grandes artistas de la talla de Chunchuna Villafañe (como Ana, la amiga desaparecida), Hugo Arana (como Enrique, hermano de Roberto), Chela Ruiz (como Sara, la abuela de Plaza de Mayo), Guillermo Battaglia (como José, padre de Roberto, hombre que migró en plena Guerra Civil Española, dictadura de Franco), y la revelación de Analía Castro como Gabi.
«Nunca olvidaremos esa pesadilla, pero ahora estamos empezando a tener nuevos sueños», Luis Puenzo.
Mientras madres, abuelas, colaboradores y familiares buscaban registros y llevaron la esperanza como pañuelo blanco, la película llegó -con «En el país de no me acuerdo» uno de los temas clásicos de María Elena Walsh– como un despertar para aquellas personas que vivieron ignorando el terror de una de las épocas más oscuras de la Argentina, la sistematización del horror, el desprecio por la vida, libertad y los derechos humanos. Aquellas y aquellos que comenzaron a comprender lo que pasó delante de sus narices sin siquiera preguntar o saberlo, siendo a la vez cómplices de esos silencios (silencios hasta cuidados por muchos miembros de la iglesia católica). Pero también un despertar en términos de la necesaria perspectiva de género, en tiempos de mayor sometimiento, represión y violencia hacia a las mujeres, y no paradójicamente los personajes de Alicia, Ana, Sara y hasta Gabi que aparecen en la película llegan como símbolos de resistencia, mujeres que se plantaron al «no».



















