La contundencia de ambas sentencias, más cargadas de realidad que de ideología, marca la cancha de un partido difícil de jugar para el primer mandatario argentino. Debilitado desde su gestión –al igual que cientos de mandatarios en el mundo-, tras la catástrofe de la pandemia, Fernández debe afrontar además una interna política que limita la legitimidad de su autoridad, frente a futuras medidas. Sería más sensato de su parte y beneficioso para el país, asumir las nefastas consecuencias que conllevaría una batalla inútil al interior de su espacio político.
La incorporación –tras el atronador y popular resultado de las PASO- de reconocidas figuras profesionales de la política nacional, ayudaría a reencauzar el rumbo de un barco que navega en aguas turbias. A todos nos ha quedado claro que «el fracaso de Alberto es el fracaso de Cristina» y viceversa. Por lo tanto, por una vez, deberían dejarse de lado los egos personales y pensar estrictamente en el soberano, el pueblo argentino.
Un pueblo cansado de ser el convidado de piedra en una fiesta para pocos. La desconfianza y falta de credibilidad hacia el sector político, es responsabilidad exclusiva de éste. La falta de sintonía, de empatía y ausencia de compromiso genuino hacia quienes se debe «escuchar» y representar en los estamentos públicos del Estado, no ha hecho otra cosa más que agravar la sensación de impotencia y hartazgo experimentada por los representados; en el contexto de una pandemia que ha elevado las emociones negativas de todos, por sobre cualquier discurso político percibido de antemano como vacío y fraudulento.

Estamos ante un cambio de época. Quien así no lo entienda está condenado a sucumbir. Las figuras mesiánicas, depositarias del fervor y la idolatría popular, quedarán en el recuerdo, ya que con ellas está comprobado que «no se salva nadie»… Llegará la hora de los pueblos, de su empoderamiento genuino, de una mirada integral de la realidad menos fanatizada y más racional? Es posible, según lo anticipara en la década del sesenta Juan Perón desde su exilio en España.
El pueblo demandará gestores efectivos, capaces de escuchar, honestos, con sentido y vocación de servicio; consecuentes en sus hechos y dichos. Un pueblo cansado de pagar miles de impuestos, de la inflación, de no poder proyectar su vida por lo imprevisible de su economía. Nadie puede sobrevivir en un país donde pasamos de «la patria subsidiada» al «impuestazo» sin anestesia. Donde pasamos de un Presidente que te desendeuda con el exterior, a otro que te endeuda por veinte generaciones y no va preso, porque la justicia adolece de justicia.
El desafío de la Argentina que debe administrar el Presidente Fernández de aquí al 2023, no es otro que el de reconstruirse económicamente a nivel internacional y sanearse moralmente a nivel interno, desde su dirigencia en todos los planos del quehacer nacional. No queda otra que honrar las deudas contraídas, porque ello genera confianza en los futuros inversores de capital hacia nuestro país. Ya no esperamos una lluvia de ellos, nos conformamos con un buen tiempo, propicio para generar credibilidad y oportunidades de negocios que beneficien al país y a todos sus trabajadores y trabajadoras.
No podemos darnos el lujo de tener conflictos en materia de política internacional, Argentina no debe tener «países amigos», simplemente intereses que la beneficien para poder salir del atolladero en el cual se encuentra. Nuestra posición geopolítica es conveniente en dicho sentido. Tomemos del mundo todo aquello que nos complemente, que nos agregue valor, como expresa siempre la vicepresidenta Cristina Kirchner.
En la década del cincuenta Perón sorteó una grave crisis económica, que solucionó dejando de lado parte de su credo ideológico al adoptar medidas para su recuperación de corte estrictamente liberal, como fue la llegada de inversores extranjeros para la explotación petrolera, recurso considerado estratégico. La historia se repite. Solo que hoy, ese posible giro radical hacia el liberalismo ortodoxo, podrá realizarse en otros términos menos perjudiciales para los intereses nacionales. La inteligencia de ciertos actores políticos en dicho sentido, podrá marcar la diferencia. Nos queda esperar, coadyuvar al fortalecimiento de la figura presidencial, adoptar medidas moderadas que contemplen la visión de todos sin fanatismos absurdos y aceptar con dignidad el difícil momento atravesado.
Éste país maravilloso merece acciones fundacionales que estén a la altura de su devenir y disponibilidad de recursos materiales y humanos, no es tiempo de culpables, sino de patriotas convencidos y convencidas de la responsabilidad histórica que les toca vivir, en beneficio directo de una gran mayoría que espera respuestas sin grietas.-
*Silvio J. Arias
Prof. en Ciencia Política
Asesor Legislativo

















