Farmacia de turno · 26 de Septiembre
FARMACIA CHAPARTEGUI
Raúl B. Diaz 112402334-442311
EN VIVO
Artemis Radio
Escuchá ahora
🔊

La continuidad de un oficio (*)

La cronología de apertura de negocios en la zona comercial no pareciera ameritar estudios científicos ni grandes narraciones literarias, sin embargo, cuando vemos algunas fotos del centro de Pico a mediados del siglo pasado es inevitable hacer comparaciones y, más allá de la nostalgia, uno puede arriesgarse a hacer cierta antropología de la ciudad rozando una historia mucho más cercana: justamente, la que condujo a lo que somos y la que vamos generando como pueblo.

Pasamos la vista por algunas fotografías y dejamos que hablen. Estamos en la vereda de la calle 20 entre 15 y 17, vemos dos comercios de estructura similar. En la puerta del primero, un matrimonio con dos hijos pequeños posa para la foto. En la vidriera se asoman numerosos objetos, crucifijos y bandejas de plata y, si nos dejamos llevar por la imaginación, podemos oír el tic tac de dos grandes relojes que a cada lado de la familia aportan más simetría a la escena. Una columna la separa del local contiguo, en cuya puerta el orgulloso dueño se apoya apenas en el umbral. Las dos mesas que podemos ver desde ambas vidrieras nos permiten suponer de qué se trata este negocio, si no pudiésemos leer desde la calle, aún de tierra, la contundente letra pintada en su fachada.
El niño de pantalones cortos abrazado por su madre es José, al lado, su hermana Zulema. Su papá había llegado de la Coruña, España, a los 18 años, escapando de la guerra y, ayudado por unos tíos que habían venido antes a «La América», se hizo joyero y relojero, como ellos. 


Cuando José llegó a los 18 años, único hijo varón, su padre le dijo que fuera a hacer un curso de relojería a Buenos Aires, lo hizo, volvió y terminó el secundario. Pero algo le decía que quizás el oficio fuera otro…
«Cuando terminé el secundario no había test vocacionales como ahora. Iba un amigo de mi papá a la joyería que le vendía lentes a la Óptica Ingaramo, la única que había en Pico en ese entonces, y él le dijo a mi papá: ‘Por qué no estudia óptica, que es una linda carrera…’. Mi papá me lo comentó a mí y yo le dije: ‘bueno, pruebo. Si me gusta me quedo y si no, me pego la vuelta», cuenta José Edreira desde su oficina. Corrían los años ’70 y José partió a Rosario, a estudiar Técnico Óptico Contactólogo, y luego de esos cuatro años volvió a Pico, donde su papá le ofreció un pedacito de vidriera para que pudiera exhibir sus primeros anteojos. «El 24 de mayo del ’74, después de algunas reformas, abrí la óptica, mi papá tenía un taller donde arreglaba los relojes y al lado estaba yo biselando los anteojos». Esa fecha coincide, recuerda José, con la inauguración de las luces de mercurio en el centro de la ciudad.


«Acá al lado estaba el Bar Pampa y después vino Pico Goma, que le alquiló a mi papá. Cuando se fue Pico Goma, vino Ambrogetti, con él hicimos sociedad y pusimos una tienda». Luego surgieron otros negocios textiles en ese mismo local, como ‘Edreira prendas’ y ‘Abracadabra’. En paralelo, separada por aquella columna, la óptica seguía junto a la joyería y relojería. Pero las circunstancias económicas del ’88 hicieron que el negocio de las prendas cerrara sus puertas, y ahí José decidió trasladar su óptica al lado, mientras su hermana continuaba con la joyería. «Y en ese año, como esto era grande y yo tenía varios amigos médicos que me aconsejaban y decían que no había ortopedias en Pico, sumé la ortopedia». 


El negocio prosperó, pero a mediados de los noventa, cuando entre varios comerciantes piquenses buscaban estrategias para hacer participar a la gente, por ejemplo con las tarjetas de ‘Microsol’, las de la raspadita, José fue alertado sobre la llegada de empresas extranjeras que pondrían en jaque a los emprendedores locales, entonces decidió anticiparse y realizar una gran reforma: invirtió en tecnología, compró máquinas para el biselado de los cristales y modernizó el comercio que se destacó en el centro de Pico en ese momento. 
Sobre el tic tac invariable de los relojes, los hijos de José fueron creciendo y tal como le había enseñado el destino y la experiencia, él los aconsejó para que siguieran la carrera de ópticos-contactólogos, apostando a que toda la familia fuera parte de una misma empresa. Una empresa basada en la profesionalización y el oficio, superando lo meramente comercial. Así, en la misma columna que separaba un negocio del otro en la primera foto, ahora se puede ver una placa con el nombre de José y de sus cuatro hijos «Contactólogos». 
A 48 años de aquel «pedacito de vidriera», Óptica El Tic Tac cuenta con sucursales en Pico, Alvear, Luiggi y Castex y seguirá focalizando en la calidad, la buena atención y el cuidado de la salud visual. 

(*) Óptica el Tic Tac