Por estos días, quienes pasan por la tradicional esquina de Racing Club frente a la plaza San Martín se encuentran con una imagen diferente. Las paredes exteriores siguen en pie, pero adentro prácticamente todo fue retirado. El interior quedó a nivel del piso para dar paso a un nuevo proyecto de la institución. Y bastó ver ese espacio vacío para que aparecieran los recuerdos. Porque detrás de esas paredes funcionó un lugar que marcó una época en Eduardo Castex: La Plaza.

Para una generación fue el café de la mañana. Para otra, el «Gancia» del mediodía. Para muchas familias fueron sus enormes picadas y sus lomitos. Para los jóvenes, la parada antes del boliche. Y para los noctámbulos, aquel lugar que siempre parecía tener una luz encendida cuando todo lo demás estaba cerrado. La Plaza funcionó durante aproximadamente nueve años bajo la conducción de Rubén “El Potro” Vaja. Después hubo otros propietarios y otros nombres en esa misma esquina, entre ellos La Cabana y finalmente Topacio, el último bar que funcionó allí. Pero La Plaza dejó una huella particular. Esta es su historia.
El sueño de La Plaza
La historia había comenzado antes y en otro lugar. Rubén Vaja dio sus primeros pasos en la gastronomía en el recordado local ubicado junto al Cine Italiano. En aquel momento todavía trabajaba con la firma Brandemann, pero el emprendimiento comenzó a funcionar bien y tomó una decisión importante: dejar su trabajo para dedicarse de lleno a la actividad. Tiempo después comenzó a mirar con otros ojos aquella esquina de Racing. “Me surgió la idea y quería hacer algo bueno, más que nada para Racing, porque yo fui de Racing toda la vida”, recuerda El Potro.


Era una ubicación privilegiada frente a la plaza San Martín, en pleno centro de Eduardo Castex, aunque por aquellos años la noche castense tenía otra fisonomía. “Me parecía un lugar hermoso, la ubicación, y estaba medio apagado de noche”, contó Vaja. La idea comenzó a madurar junto a dirigentes de Racing de aquella época.
Una arquitectura que sorprendió a Castex
El diseño fue realizado por el arquitecto Roberto Ferrero, cuñado de Vaja y actualmente radicado en San Rafael, Mendoza. Para comienzos de los años ’90, el proyecto resultaba audaz. Como parte del acuerdo con Racing, Vaja construyó una nueva cantina en el predio deportivo de la institución y aquella inversión fue reconocida posteriormente mediante años de alquiler de la confitería. El esfuerzo económico fue enorme. “Lo primero que me viene a la cabeza es lo que me costó hacerla, tanto físicamente como económicamente. Fue un esfuerzo terrible”, admite.
Pero cuando finalmente estuvo terminada, el resultado sorprendió a Castex. La Plaza tenía grandes superficies vidriadas, diferentes niveles, una iluminación especialmente diseñada y alrededor de 40 mesas. En el interior había algo que muchos castenses todavía recuerdan: una fuente de piedras con una pequeña cascada, alimentada por un sistema que hacía recircular el agua desde el subsuelo. Todo había sido pensado, incluso las luces que permitían cambiar la ambientación durante las noches. Era algo diferente para Castex y también llamaba la atención de quienes estaban de paso. Vaja recuerda viajeros de Neuquén, Río Negro y otros puntos del país que ingresaban y se sorprendían con el lugar. “Todos me decían que no conocían una confitería de esa categoría”.

Navidad de 1993: una multitud esperaba que abrieran las puertas
Finalmente llegó el gran día. La Plaza abrió sus puertas el 25 de diciembre de 1993. Era Navidad y alrededor de las 21:30 todo estaba preparado. Las cortinas todavía cubrían los enormes vidrios del frente y, mientras adentro El Potro, su familia y los empleados ultimaban detalles, afuera ocurría algo que nadie había previsto. Había gente esperando. Mucha. “Fue impresionante la cantidad de gente que había en la plaza, enfrente, parada esperando que yo abriera la puerta”, recuerda Vaja.
Cuando finalmente se corrieron las cortinas y se abrieron las puertas, las aproximadamente 40 mesas se llenaron rápidamente. También la vereda. La expectativa había superado todas las previsiones y la cocina quedó desbordada. “Nosotros creíamos que iba a haber gente, pero no habíamos preparado todo de antemano. Abríamos los paquetes en el momento que nos pedían”, recuerda El Potro. Llegaban pedidos de varias picadas juntas y había que preparar decenas de platitos. Algunos clientes se impacientaron y posteriormente llegaron las explicaciones y las disculpas. Pero aquella noche dejó una certeza: Castex había adoptado La Plaza.

De madrugada en pie: hasta 50 desayunos por mañana
Uno de los que conoció aquella historia desde adentro fue Marcelo Gandino, uno de los mozos que estuvo desde los primeros tiempos. Sus recuerdos permiten dimensionar hasta qué punto La Plaza se incorporó a la rutina diaria de los castenses. Después de un tiempo comenzaron a ofrecer desayunos y el día arrancaba muy temprano. “Yo entraba a las seis de la mañana, pasaba por la panadería y a las seis y media empezaba a abrir la confitería”, recuerda.
Hubo épocas en las que llegaron a servir entre 40 y 50 desayunos durante una sola mañana. La gente tenía sus horarios y prácticamente sus mesas. Primero aparecían algunos habitués y, alrededor de las ocho y media, llegaba otro grupo.
La mesa del Gancia, otro de los rituales
Después del desayuno venía otro clásico. Cerca de las doce comenzaba a formarse la mesa del Gancia. Otro grupo, otra charla y otro ritual. Esa era una de las particularidades de La Plaza: cambiaba de público a medida que avanzaban las horas. Estaban quienes iban temprano a tomar un café, los del aperitivo, quienes almorzaban, los de la merienda, las familias que cenaban, los jóvenes que hacían la previa antes de salir y quienes aparecían entrada la madrugada. Más que consumir algo, se iba a encontrarse.
El Tostado y el Súper Lomo de La Plaza
La comida terminó convirtiéndose en otra de las grandes marcas de identidad del lugar. Había hamburguesas, milanesas y lomitos, tanto al plato como en sándwich, pero también comenzaron a surgir preparaciones propias. Una de ellas fue el Tostado de La Plaza, elaborado con pan de miga y bife de lomo. Después llegó el Súper Lomo de La Plaza, una creación que Gandino atribuye al “Mono” Medina. Llevaba lomo, jamón, queso, lechuga, tomate, huevo, morrón y hasta berenjenas preparadas a la vinagreta.
La inolvidable súper picada de 30 platitos
Pero si hubo una especialidad que terminó convirtiéndose casi en una leyenda fue la picada. “El Potro había inventado la súper picada, que tenía 30 platitos entre fríos, calientes, vinagretas… tenía de todo, de todo”, recuerda Marcelo. Había diferentes tamaños, aunque las cantidades desafiaban cualquier cálculo. “Había unas para uno, otras para tres y otras para cinco. Pero en la de tres comían seis y en la de cinco comían diez, porque era semejante la cantidad de comida que terminaba comiendo el doble de gente”.

La repercusión fue enorme. “No nos alcanzaban las cazuelas”, asegura Gandino. Y hubo noches en las que tampoco alcanzaba algo fundamental para una confitería de aquellos años: la cerveza.
60 cajones en cuatro días y viajes para conseguir cerveza
Según recuerda Marcelo, hubo momentos en los que solamente entre jueves, viernes, sábado y domingo llegaron a vender alrededor de 60 cajones de cerveza. “Era una cosa que no se podía creer”.
El abastecimiento local no siempre podía acompañar semejante demanda y entonces aparecía una solución muy de aquellos tiempos: salir a buscar cerveza por los pueblos. El Potro y Marcelo arrancaban alrededor de las siete de la mañana, cargaban los envases en una camioneta con un carro y comenzaban el recorrido. Compraban algunos cajones donde conseguían, seguían viaje y sumaban más en otro lugar. Después regresaban a Castex con la mercadería necesaria para afrontar otra noche. Pocas anécdotas pueden explicar mejor el movimiento que llegó a tener aquella confitería: había fines de semana en que la cerveza disponible simplemente no alcanzaba para La Plaza.
La previa del boliche y las madrugadas interminables
Al caer la noche, el lugar volvía a cambiar de cara. Primero llegaban los adultos para compartir un aperitivo o una picada. Más tarde aparecían los jóvenes. Durante buena parte de los años ’90, pasar por La Plaza antes de ir al boliche se convirtió en una costumbre. Había música, encuentros, espectáculos y noches en las que costaba conseguir una mesa. Y cuando los demás lugares comenzaban a cerrar, La Plaza todavía seguía. “Era un lugar donde el que estaba en la noche y no sabía dónde ir, el único lugar que quedaba abierto más o menos a esa hora era La Plaza”, recuerda Luis Becerra, uno de los encargados de la barra.

Una familia y muchos trabajadores detrás de La Plaza
Para sostener semejante movimiento hacía falta mucha gente. Vaja recuerda especialmente a su familia detrás de la barra: sus hijos Damián y Román, su hermano Javier y Luis Becerra, además de los mozos, quienes trabajaban en la cocina y las numerosas personas que pasaron por diferentes tareas durante aquellos años. Con el tiempo también creció la comida para llevar. Había familias que encargaban tres o cuatro veces por semana y posteriormente apareció el delivery. Entre los repartidores que permanecieron más tiempo, El Potro recuerda especialmente al “Palomo” Aciar y al “Cholo” San Martín.
Asados, amigos y partidos de básquet a las cuatro de la mañana
La Plaza también tuvo una historia que solamente conocían quienes se quedaban hasta último momento. Vaja recuerda las juntadas con “Pitota”, Marquitos, Tulio, “Foca” Gancedo, Luis Becerra y “Bolón” Bertone, entre otros. Alguna noche de semana hacían un asado, después llegaba la sobremesa y la madrugada podía terminar de una manera impensada: jugando al básquet. “Estábamos hasta las cuatro o cinco de la mañana, fuera el día que fuera. Lunes, martes… no importaba”. Son esas pequeñas historias, que no aparecen en ningún plano ni fotografía del edificio, las que quizás expliquen mejor por qué tantos castenses todavía hablan de La Plaza.
Nueve años que dejaron una marca
Rubén “El Potro” Vaja estuvo aproximadamente nueve años al frente de La Plaza. Después llegó el momento de cerrar aquella etapa, aunque el inmueble continuó durante años ligado a la actividad gastronómica. Llegaron otros propietarios, otros nombres y otras propuestas, entre ellos La Cabana y finalmente Topacio, el último bar que funcionó allí. Cambiaron los carteles y las personas detrás de la barra, pero aquella esquina siguió siendo durante mucho tiempo un lugar asociado al encuentro.
Sin embargo, La Plaza quedó ligada para siempre a una época. Tanto que más de dos décadas después de haber dejado el lugar, a Vaja todavía le sucede algo particular cuando se cruza con antiguos clientes. “Hay gente que hace 20 o 30 años que no veo y cuando me encuentra lo primero que me dice es: ‘El Potro de La Plaza… los lomos’”.
“Sentí una nostalgia y una tristeza bastante grande”
Hace poco volvió a pasar por aquella esquina y sintió nostalgia. Después su hijo Román le envió una fotografía de los trabajos que actualmente se realizan en el inmueble. Las paredes exteriores siguen en pie, pero aquel interior que él había imaginado junto a Ferrero ya no está. Desaparecieron los desniveles, la distribución y los espacios donde alguna vez estuvieron la barra, las mesas y aquella recordada fuente. “Cuando vi la alegría que yo tenía cuando la construí, cómo había quedado terminada, y ver ahora cómo desaparece todo, sentí una nostalgia y una tristeza bastante grande”, reconoce.
No hay reproches en sus palabras. “Son cosas de la vida. Es una etapa de mi vida que fue muy linda, pero todo se moderniza. No tengo rencor con nadie ni con el club. Al contrario, sigo siendo de Racing y cada vez más de Racing”. Racing comienza ahora un nuevo proyecto para esa esquina, que contempla un café y dos locales comerciales. Será otra etapa y seguramente nacerán allí nuevas historias.
La Plaza sigue llena de recuerdos
Pero esta no es solamente una historia sobre la remodelación de un inmueble. Es, fundamentalmente, la historia de La Plaza. Una confitería que funcionó durante unos nueve años y consiguió algo que muchos lugares abiertos durante décadas nunca logran: convertirse en parte de la memoria colectiva de un pueblo.
La Plaza fue aquella multitud esperando que abrieran las puertas en la Navidad de 1993. Fue la fuente de piedras, los enormes vidrios y las cuarenta mesas.
Hoy, al mirar hacia adentro desde aquella esquina, el espacio parece vacío. Pero basta conversar con quienes estuvieron allí para descubrir exactamente lo contrario. La Plaza sigue llena. Llena de nombres, de anécdotas, de sabores, de encuentros y de noches que toda una generación todavía recuerda.
Porque La Plaza funcionó nueve años. Pero su historia, más de tres décadas después, todavía sigue abierta.


















