Hay que rescatar esos discursos históricos donde se repiten frases («hay que pasar el invierno», «estamos mal, pero vamos bien»), reeditando el mismo método sistemático de dominación. Allí es donde la formación política debe hacer visible lo invisible. Hay que ponerle nombre y apellido a la crisis política y social que atravesamos, mostrando cómo los ciclos de endeudamiento externo, nunca se tradujeron en rutas nacionales y puentes, escuelas o industrias, sino en fuga de capitales y deuda social interna.
Tengamos presente que la perversión liberal opera sobre la amnesia y su discurso del ajuste sobre la abstracción («no hay plata»). Promete que «esta vez el ajuste sí funcionará», que “hay que pagar la fiesta” o que “el pueblo está haciendo un gran esfuerzo”; neutralizando de esta manera la resistencia social hacia sus medidas antipopulares y legitimando la transferencia brutal de recursos hacia sectores beneficiarios y concentrados de la economía financiera. Por ello es vital, poner en evidencia la asimetría brutal de esfuerzos que impone el liberalismo. Mientras a la clase trabajadora, media y baja se le quitan subsidios o aumentan tarifas y transporte, los sectores monopólicos reciben exenciones impositivas y beneficios cambiarios. Mostrar que sí hay plata, pero que está cambiando de beneficiarios.
«Hay que pagar la fiesta»: esta frase es el pilar de la dominación ideológica liberal. Su objetivo principal es invertir la carga de la culpa mediante un ejercicio de cinismo histórico. Al denominar «fiesta» al consumo interno, a los derechos laborales, a la salud pública, a la educación gratuita, a las jubilaciones, a las pensiones por discapacidad, se despoja a estas políticas de su estatus de derechos adquiridos; reduciéndola a un derroche irresponsable. El mensaje subyacente es que el trabajador «vivía por encima de sus posibilidades». Al instalar la culpa en el ciudadano común (que pudo comprarse un televisor, irse de vacaciones o mandar a su hijo a la universidad), se justifica que ahora deba sufrir el castigo (el ajuste) para expiar ese «pecado».

La perversión radica en invisibilizar a los verdaderos beneficiarios del sistema liberal. Mientras se le exige al pueblo trabajador que pague la «fiesta», se oculta la verdadera fiesta financiera: fuga de capitales, endeudamiento externo, especulación, corrupción de los funcionarios y exenciones impositivas a los grandes monopolios. Los «poderosos de siempre» quedan fuera del radar de la culpa y aparecen como los jueces morales de una economía que ellos mismos desangran, contra el pueblo trabajador.
«El pueblo está haciendo un gran esfuerzo»: si la primera frase sirve para aplicar el castigo, esta segunda sirve para gestionar la paciencia social frente a las consecuencias de ese castigo. Es la perversión en su máxima expresión: disfrazar el despojo de heroísmo. El dirigente antipopular habla por el pueblo, asegurando que el sufrimiento (hambre, pérdida de derechos, poder adquisitivo, desempleo) es, en realidad, una decisión voluntaria y consciente. Se le otorga al trabajador la categoría de «héroe», pero no por luchar por sus derechos, sino por dejárselos arrebatar en silencio. El «esfuerzo» se convierte en una virtud cívica. Es un mecanismo cínico porque transforma la violencia económica ejercida desde el Estado, en una suerte de sacrificio patriótico. Se exige la entrega del presente (derechos, potencial, calidad de vida) a cambio de un futuro abstracto que nunca llega. El discurso liberal justifica que el pueblo debe «vaciarse» de conquistas históricas, para purificar la economía, prometiendo que el derrame llegará cuando el ajuste haya finalizado (algo que la historia económica argentina ha refutado sistemáticamente).
En síntesis, estas frases funcionan para crear una trampa ideológica, conformando esa perversión dirigencial netamente liberal: «Sos culpable, por lo tanto, mereces el ajuste» (Hay que pagar la fiesta) y «Estás sufriendo heroicamente, por lo tanto, no debes rebelarte» (El pueblo hace un gran esfuerzo). El resultado político es la desmovilización. Busca que el pueblo asimile el daño autoinfligido y vea a sus verdugos económicos como técnicos necesarios o líderes mesiánicos, anulando la capacidad de organización colectiva para defender la dignidad personal o el patrimonio nacional.
Cuando el ciudadano de a pie, que está «haciendo un gran esfuerzo» y pagando la «fiesta», observa que la cúpula gobernante mantiene sus privilegios intactos o incurre en las mismas prácticas opacas que denunciaba, el cerrojo ideológico se rompe. El sacrificio deja de ser heroico y se revela como lo que siempre fue: un saqueo. La figura del actual mandatario nacional, encarna la culminación de ese ciclo de engaño, porque le sumó a la histórica receta del ajuste económico, un ingrediente discursivo: la promesa de la purificación moral. Su relato radicaba en que no prometía el ajuste tradicional (donde «todos» sufren), sino un ajuste dirigido a la «casta». Al derrumbarse esa premisa, el blindaje discursivo que analizábamos antes, comienza a resquebrajarse. Mostrar con datos quiénes están reportando ganancias extraordinarias hoy (el sector financiero, energético, extractivo) desmiente la idea de que «estamos todos haciendo un esfuerzo». La caída de la mentira anticasta es el talón de Aquiles del proyecto liberal, porque destruye su legitimidad de origen.
El discurso perverso busca destruir la convivencia democrática desde sus cimientos cognitivos. Un pueblo sometido a un discurso perverso pierde la capacidad de distinguir el bien del mal, el abuso del derecho, y la realidad de la ficción, pavimentando el camino hacia los totalitarismos, ya que no solo exige obediencia, sino que el ciudadano celebre su propia sumisión.
La formación política ciudadana debe exponer la estafa liberal y reconstruir el sentido colectivo del pacto social, neutralizando la mentira individualista del «sálvese quien pueda» y «el mérito es solo tuyo». Para confrontarlo, hay que erradicar la idea de que la salud, la educación o el salario digno son un «gasto público» que genera déficit; ya que, por el contrario, son la base del capital social y humano de la Nación. Hay que explicar que comer carne, tener vacaciones o acceder a la universidad no es una fiesta irresponsable, sino el estándar básico de la dignidad humana y el motor del mercado interno. Y hay que romper la romantización de que el pueblo está «esforzándose» para un futuro mejor; sino todo lo contrario, está siendo despojado de su dignidad y derechos básicos, para financiar la acumulación del nuevo “linaje del mal” especulativo, corrupto, virtual y excluyente.
Explicar que, frente al poder de los monopolios y el capital financiero transnacional, el único garante de los intereses populares es un Estado soberano y presente. La comunidad organizada en sindicatos, asociaciones, partidos y movimientos, es el único límite real al cinismo y la perversión de la dirigencia antipopular. Al volcar estos ejes en la práctica docente o en materiales de formación, se le quita al ciudadano el peso de la «culpa» por haber vivido bien y se le devuelve la herramienta política más peligrosa para el poder concentrado: la conciencia social sobre su rol, humanidad, dignidad y derechos adquiridos.
*Silvio J. Arias
Prof. en Ciencia Política
Asesor y capacitador político


















