En esta reseña cargada de emoción, recuerdos y fotografías inolvidables, una reconocida bohemia —con lazos muy fuertes con la organización del Carnaval— recorre la historia de una celebración que marcó a generaciones enteras.
Desde aquel 11 de febrero de 1984, en el corazón de mi pueblo, donde se encuentra el Triángulo de la Alegría, cada segundo mes del año Eduardo Castex se tiñe de luces, espuma, plumas y mucho brillo. La algarabía se adueña de niños y grandes; todos marchan con sus disfraces al compás de la voz inconfundible de Alfredo Flores, que anima desde aquella pequeña ventana, allá arriba, frente al escenario sobre la calle 25 de Mayo.

Justo cuando cae el sol, comienza la magia. Ese hechizo indiscutible que tiene el alma cuando juega a ser niño. Un grupo de jóvenes dirigentes y colaboradores del Club Estudiantil le dio vida a un sueño que venían dibujando desde hacía un año, en una cocina, con mate de por medio. Así nació el corso mayor de La Pampa.

Las calles se llenaron de lentejuelas escapadas de los lujosos trajes que vestían mujeres y hombres de las comparsas, moviéndose al compás del redoblante de Candabaré, Guanabara, Scuola Dozamba, Ipanema y tantas otras que pusieron ritmo, color y canciones a lo largo de los años.
Al recordar, se pianta un lagrimón. Las anécdotas, las charlas, las risas, el timbre de las voces atacan directo a los sentimientos. Aquellos locos soñadores, con manos engrudadas y manchadas de pintura, caminando con cansancio pero con la ilusión intacta en la mirada. Días y meses armando carrozas: monumentales armazones de hierro, muñecos gigantes de movimientos lentos y coordinados. Ese misterio que se gestaba en el viejo galpón de la calle Córdoba, de la mano de Sciú, Graboski, Pascal, Peirano, Galandzig, Funcia, Schualle y Martin, trabajando incansablemente desde agosto para apenas dos, tres o cuatro noches al año.

Noches que deslumbraban por la participación popular. Porque como toda gran maquinaria, cada pieza debía estar en su lugar: los que cortaban la calle, los de los puestos de espuma, la taquilla, la apertura, los choferes de las carrozas, los que cuidaban cada detalle desde la primera y segunda fila para que todo fuera un éxito.
Nombres que la memoria trae en avalancha: Vicente, Martin, Martínez, Moralejo Saiz, Rodríguez, Weinsgerber, Giorgi, Pereyra, Schiarretta, Vairoletto, Fanfliet, Pérez, Portaluppi, Menzanzano, Gaccio, Curto, Gómez, Brignardello, Simana, Robledo, Lucero, Mandrile, Coronel, Orozco, Durán, Brown, Frank, Buffa, Nicoloff, Dutto, Garofani… y seguro alguno más que la memoria, tirana, se guarda.

Es imposible no verlos colgados de los cables en “zig zag”, a los hermanos Tamagnone colocando millones de foquitos de colores y banderines. A las mujeres organizando el concurso de disfraces infantiles, entre juguetes y aplausos. Y a la juventud y carisma de quienes llevaron los atributos de Miss Carnaval: desde la primera, hoy señora Gilda Toranzo, pasando por Leda Ortiz, Laura Bono, Carina Perello, Claudia Giardina, Amanda Armitano, Fabiana González, Silvina Suppo, Carolina Maruelli, Patricia Lucero, Fernanda Tomasso, Anabella Rinaldi, Mariela Nicola, Carolina Hernández y tantas más que siguieron año tras año, con belleza y frescura.

El éxito de los Carnavales Tricolor fue tal que en 1986 comenzaron a llevar el evento a otras localidades. Santa Rosa vivió dos fines de semana inolvidables en la plaza San Martín, con más de 10.000 personas disfrutando del espectáculo. La cooperadora policial de la Seccional Segunda llegó a afirmar que “la experiencia de nuestra institución asegura el éxito y la jerarquía del evento”.
Hasta 1996, localidades como General Pico, Trenel, Quemú Quemú y Catriló colapsaron sus calles con los colores de nuestra fiesta.

Hoy es lindo ver cómo los jóvenes ocupan el lugar de quienes los precedieron, aportando nuevas ganas, conocimientos y tecnología. Aunque siempre habrá espacio para cortar una tormenta con sal, para un reto a tiempo, o para recordar a esa mascarita que se divirtió toda la noche con todo el mundo.
Siempre habrá lugar para los recuerdos. Siempre habrá personajes.
Siempre habrá carnavales en la retina de quienes, como yo, lo llevamos en la piel.
(*) Texto y fotos: Jesica Pascal


















