El 1 de julio de 1974, nos recuerda que -tras el deceso físico del líder justicilialista- el pueblo trabajador hereda la herramienta que por excelencia puede confrontar con la presente trampa liberal: su ideología. Liberadora, nacional, original, simple y humana, la misma constituye en su aplicación, la esencia misma de un país grande para la protección y puesta en marcha de sus riquezas materiales, pero también grande por el aporte espiritual y moral que ésta impulsa sobre el desarrollo humano y comunitario.
Frente a la estocada conservadora y liberal, nuevamente congregada para frenar todo avance colectivo orientado a redistribuir beneficios materiales y espirituales que contemplen los deseos y aspiraciones del pueblo argentino, el justicialismo se constituye como el único refugio certero para esa resistencia alternativa nacional, política y social, nuevamente necesaria, capaz de retomar el control del país para su “felicidad y grandeza”.
El 17 de octubre de 1945, Argentina alumbró al mundo la única revolución en paz conocida hasta ese momento, como fue el pedido de liberación del Coronel Perón, por parte de las fuerzas trabajadoras sindicalizadas que veían él, un intérprete válido y consecuente con su rol en el entramado productivo y cultural de esa “Nueva Argentina” para sí y el mundo. Una vez en la Presidencia, el Coronel del Pueblo, se dedicó a formar ideológicamente a esa masa obrera, en la defensa de sus intereses y aspiraciones, como garantía de continuidad y protección de la misma, frente a los poderes locales y extranjeros que quisieran avasallar sus conquistas, identidad y progresos. Las etapas doctrinaria y toma del poder, fueron el resultado exitoso de esa “Revolución en Paz” para la Argentina de mediado del siglo XX.

El estadista buscó una alternativa liberadora a las dos grandes potencias que se disputaban el control del mundo en ese momento: el capitalismo salvaje, representado por los Estados Unidos de Norteamérica; y el comunismo de la Rusia post-zarista. La tercera posición justicialista recuperaba al hombre como factor central de la política, un ser informado con valores como la solidaridad, el cooperativismo y la justicia social.
Perón aseguraba que ésta Tercera Posición se nutría del capitalismo, resignificando al “capital” como factor puesto al servicio de la economía y ésta al servicio del bienestar social. Un capitalismo justicialista, cuya finalidad era el bienestar y la justicia social (hoy hablamos de desarrollo humano). Del comunismo tomaba la idea de “comunidad”, pero no de una comunidad privada de libertad y sometida a los designios del Estado o el mercado. El concepto de comunidad en el justicialismo se transformaba en el de una “comunidad organizada”, consciente de su rol y democráticamente formada.
A la concepción ideológica (deber ser), Perón agregó una doctrina (deber hacer) encargada de realizar lo discursivamente proclamado. El conductor elije y señala la forma en que esa ideología será aplicada, mediante métodos y programas de gobierno. De allí los derivados: menemismo, kirchnerismo, cristinismo, etc. Más a la izquierda, por derecha, o en el centro, lo que jamás deberían obviarse dentro del justicialismo, son sus postulados centrales, aquellos que lo identifican y diferencian del resto.
Tal vez el error de los partidos políticos tradicionales (en Argentina y el mundo), fue descansar durante décadas en la imagen carismática de sus líderes, privilegiando ello sobre la formación intelectual de sus bases. Ese “descuido dirigencial” ha terminado por deslegitimar gestiones, estimulando la fuga de partidarios hacia otros espacios políticos.
Perón, quién siempre abogó por la formación y capacitación de sus compañeros, explicó el punto: “sin unidad de pensamiento a través del adoctrinamiento, no es posible la unidad de acción”. Resumiendo: sin una base militante formada, no es posible sostener un proyecto político a largo plazo; la sola presencia de un gran líder garantizar el éxito transitorio, pero nunca su legítima continuidad en el tiempo, porque el poder es una construcción colectiva, de resistencia activa y consciente.
También las y los políticos deben reivindicar la profesionalidad de su actividad frente a la sociedad. Adhiriendo éstos a un compendio de ideas sobre el mundo, el hombre, la sociedad, el país donde se vive, el medioambiente, la pobreza, la justicia, las violencias, etc.; transmitiéndolas con consecuencia en la gestión de la cosa pública, elevando la transparencia moral y credibilidad social de sus funciones.
El pueblo trabajador argentino hoy con mayor conciencia de clase y acceso a la información -agnóstico o practicante político-, está harto de las motosierras antihumanas, del “no hay plata para algunos”, de vivir para pagar deudas, pasar hambre, soportar las mentiras dirigenciales, la soberbia pública, el privilegio amoral, la violencia institucional y el individualismo exacerbado. Espera de sus representantes capacidad real y efectiva para revertir lo padecido; rescatando al hombre en su humanidad por encima de los egoísmos, injusticias y superficialidad latentes. Esa es la resistencia productiva, superadora e impostergable que debemos proponernos para recuperar el “ser nacional”, la “Patria”, una participación real y dignidad efectivas, a pesar de los Judas de turno.
*Silvio J. ARIAS
Prof. en Ciencia Política
Afiliado PJ – La Pampa

















