Este 22 de septiembre se cumplen cuatro años del fallecimiento de Carlitos Balá, uno de los artistas más reconocidos del entretenimiento infantil argentino. Murió en 2022, a los 97 años, y dejó una trayectoria que pasó por la radio, el cine, el teatro y la televisión.
Su nombre era Carlos Salim Balaá y había nacido el 13 de agosto de 1925 en Chacarita. Con el tiempo, su figura se volvió inconfundible: el corte de pelo, los gestos y una manera particular de jugar con las palabras le permitieron construir un personaje que acompañó a distintas generaciones.

Mucho antes de los estudios televisivos, encontró un espacio para probar sus ocurrencias en los colectivos de la línea 39. Como pasajero, contaba chistes y realizaba monólogos frente a personas que viajaban por la ciudad. Aquellas intervenciones le sirvieron para vencer la timidez y adquirir experiencia en el contacto con el público.

La relación con esa línea permaneció a lo largo de su vida. La empresa lo reconoció como su pasajero más famoso y realizó homenajes con imágenes y saludos en las unidades. El propio Balá recordaba con afecto esos comienzos y a los conductores que querían llevarlo en sus recorridos.
El paso hacia el mundo profesional incluyó un concurso radial en el que se presentó como Carlos Valdez. Utilizó ese seudónimo para evitar que su padre lo reconociera, ya que no aprobaba su inclinación por el espectáculo. Más adelante adoptó el nombre artístico con el que alcanzaría popularidad en todo el país.
La radio fue una etapa decisiva. Trabajó en La Revista Dislocada, el programa de Délfor Amaranto, y luego integró un trío junto con Jorge Marchesini y Alberto Locati. Esa formación tuvo presencia tanto en radio como en la televisión de los años sesenta.
También desarrolló una carrera cinematográfica, con personajes como Canuto Cañete. Aunque incursionó en propuestas para adultos, el entretenimiento infantil terminó por convertirse en el espacio donde logró su mayor identificación con el público. El show de Carlitos Balá reunió buena parte de los recursos que lo distinguían: humor, gestos, frases recurrentes y participación de los chicos.
Expresiones como “¿Qué gusto tiene la sal?”, “un kilo y dos pancitos” y “sumbudrule” trascendieron sus programas. Bastaba escuchar alguna de ellas para asociarla con el humorista. Esa familiaridad fue una de las características de su vínculo con quienes crecieron mirándolo por televisión.
Entre sus propuestas más recordadas estuvo el chupetómetro, un recipiente transparente en el que los chicos depositaban sus chupetes como una forma de despedirse de ellos. El momento se incorporó a sus espectáculos y se convirtió en una experiencia que muchas familias conservaron en la memoria.
La iniciativa fue desarrollada junto con su productor D’Alessandro. Al principio utilizaban una canasta, pero la cantidad de chupetes recibidos llevó a reemplazarla por estructuras de mayor tamaño, que también estuvieron presentes en el circo y el teatro.

Años después, Balá contaba que numerosos adultos se acercaban para recordarle que habían participado de aquella propuesta. Entre ellos, el humorista Martín Bossi le relató que su padre lo había alzado para que pudiera entregarle su chupete. Estas historias mostraban la permanencia de un vínculo nacido durante la infancia.
El reconocimiento a su trayectoria continuó en sus últimos años. En 2011 recibió un premio Martín Fierro por su carrera. También compartió presentaciones con Piñón Fijo y participó como invitado en espectáculos de Panam, manteniendo el contacto con nuevas generaciones de espectadores. En 2017 fue homenajeado en ShowMatch, donde volvió a encontrarse con el público televisivo.
Su fallecimiento provocó muestras de afecto y despedidas en los medios y las redes sociales. Muchos de esos mensajes recuperaron recuerdos personales: una función, una tarde frente al televisor o el día en que dejaron el chupete. A cuatro años de su muerte, esas experiencias siguen formando parte de la memoria de quienes encontraron en Carlitos Balá una compañía durante su infancia.


















