La avanzada del cristinismo contra Kicillof fue inusitadamente explícita durante los últimos días. Desde distintos estrados del universo kirchnerista, el gobernador bonaerense recibió un aluvión de críticas que excedieron lo político para instalarse en el terreno personal. La acusación central, formulada por un dirigente de peso de La Cámpora, es lapidaria: «Axel quiere un kirchnerismo sin Cristina». El mensaje tiene destinatario y propósito: marcar el territorio ante lo que perciben como una construcción de poder paralela que desconoce el liderazgo de la ex presidenta, actualmente en prisión domiciliaria.
En el entorno de la ex mandataria, la bronca crece con cada movimiento del Gobernador. «Cristina no es una más. No es un dirigente más. No todo es lo mismo», sostienen cerca de CFK, donde interpretan como una subestimación la decisión de Kicillof de no visitarla ni consultar sobre su situación personal. «Hace ocho meses que no ve a la persona que lo hizo gobernador», remarcó un diputado nacional del cristinismo, en un comentario que busca instalar la idea de un distanciamiento que roza lo humano y no solo lo político.
Kicillof se defiende: «No quiero ser un candidato delegado»

El entorno del Gobernador, sin embargo, tiene una lectura radicalmente distinta del conflicto. Kicillof sostiene en privado que Cristina debe ser parte del proyecto 2027, pero bajo una condición que para el kirchnerismo resulta inaceptable: no quiere ser un candidato delegado por su poder ni aceptar condicionamientos de su entorno. La experiencia de Alberto Fernández, cuyo gobierno quedó atrapado entre la tutela de CFK y la falta de autoridad propia, es el fantasma que el gobernador bonaerense busca conjurar con cada paso.
«Ni Alberto Fernández, ni Héctor Cámpora. Si llegamos, vamos a llegar sin la tutela de Cristina», sentenció un funcionario de primera línea del gobierno bonaerense, revelando la profundidad del quiebre. Mientras tanto, el ministro de Gobierno, Carlos Bianco, salió a poner paños fríos y pidió unificar las críticas hacia el Gobierno nacional, aunque el mensaje resultó una confesión en sí mismo: «Lamento que haya sectores que están confundidos».
La guerra se traslada al terreno legislativo
El conflicto no se limita a declaraciones cruzadas. Tuvo su correlato en decisiones concretas que afectan el equilibrio de fuerzas en la Legislatura bonaerense. La Cámpora logró esta semana que la diputada Mercedes Landívar regresara a su banca en el bloque de Fuerza Patria, desplazando a una legisladora del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), el sello de Kicillof. El movimiento, que el kirchnerismo presentó como una mera formalidad administrativa, fue interpretado por el kicillofismo como un intento de cercarlo políticamente en su propio territorio.
El laberinto sin salida
El escenario que se vislumbra es el de una fractura que hoy parece irreversible. Kicillof proyecta competir en unas PASO con un candidato de Cristina Kirchner, consciente de que el kirchnerismo no lo va a apoyar. Si el Gobierno logra derogar las Primarias, el peronismo podría enfrentarse a una fractura similar a la de 2003, con listas separadas y una elección general que oficie de paso previo.
El costo de esta interna no es menor. Mientras el peronismo se desangra en disputas intestinas, el Gobierno nacional -con el respaldo de aliados radicales y provinciales- logra postergar el debate en el Senado y ganar tiempo en la polémica por la interpelación a Manuel Adorni.
La oposición, que debía ser el principal contrapeso al oficialismo, se apresta a transitar el año electoral más fragmentada que unida, con tres nudos sin desatar: el vínculo roto entre sus principales figuras, el rol futuro de Sergio Massa y la indefinición sobre las reelecciones de los intendentes. El peronismo, en suma, se enfrenta a una pregunta que no logra responder: si el enemigo está en la Casa Rosada o entre ellos mismos.
Por Jorge Déboli – Periodista; Lic. en Cs. Políticas (InfoGEI)


















